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EDITORIAL

Una nueva escalada asiática


Alejandro Deustua
20 de diciembre de 2010

La crisis en el noreste de Asia gestada en noviembre pasado por el bombardeo de Yeonpyeong (una isla habitada por surcoreanos pero que el Estado totalitario del norte de la península reclama para sí) sigue un curso de escalamiento incierto cuya contención es todavía un imponderable.

El incremento de la tensión en el área se produjo esta vez por las advertencias bélicas de la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte) a la República de Corea (Corea del Sur) destinadas a que ésta se inhibiera de realizar maniobras en las inmediaciones de Yeonpyeong si no deseaba una retaliación “catastrófica”. La tensión no disminuyó a pesar del involucramiento del Consejo de Seguridad de la ONU y de algunos de los miembros del Grupo de los 6 (el foro de diálogo al que concurren las dos coreas, Estados Unidos, Rusia, China y Japón).

Las maniobras, que en apariencia duraron apenas hora y media señalando su carácter simbólico de afirmación soberana, finalmente se llevaron a cabo bajo un clima de máxima alerta militar de las fuerzas de seguridad norteamericanas (aliado de Corea del Sur) y, probablemente, de China y Rusia. Previamente, el Consejo de Seguridad de la ONU se había mostrado incapaz de adoptar alguna medida preventiva debido a la oposición china y rusa a que se nombrara a la República Democrática Popular de Corea como causante de la crisis.

A la hora nona, una delegación norteamericana presidida por el Gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, nombrado Embajador ad hoc, logró algunas concesiones norcoreanas. Éstas, además de abrir la posibilidad de que el régimen dictatorial permita el eventual retorno de inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica para evaluar los reactores norcoreanos y de lograr la formación de una comisión de prevención de conflictos en el Mar Amarillo, restaron importancia a las maniobras surcoreanas calificadas hasta horas antes por el Estado totalitario como un casus belli.

Quizás éste incidente haya sido el de mayor intensidad prebélica en esa península del noreste asiático en muchos años si se tiene en cuenta la tensión acumulada, el incierto cálculo de probabilidades de la respuesta norcoreana y la consecuente incertidumbre de corto y largo plazo. Si por su dimensión agresiva el bombardeo norcoreano de Yeonpyeong en noviembre y el hundimiento de un barco de la marina de Corea del Sur “Cheonan” y las 46 muertes que produjo en marzo pasado, pudieron ser más violentos, la movilización de tropas que se acaba de producir ciertamente ha sido más riesgosa.

Es más, a esta confrontación prebélica contribuyó la demostración pública de intereses estratégicos contrapuestos entre los miembros del G6 cuyos miembros, salvo Corea del Norte, mantienen el propósito común de lograr estabilidad en la península coreana. Tal es la complejidad estratégica de este conflicto de inmenso potencial destructivo en un contexto de inestabilidad adicional generada por la transición de poder interna en ese Estado totalitario, las tensiones propias del mismo, la opacidad de la relación de Corea del Norte con su aliado chino y por la impredicibilidad con que gestiona el Estado paria su política exterior (aunque los que sostenían que Corea del Norte deseaba convocar, desde una posición de fuerza, a un nuevo diálogo con el G6 o a uno directo con Estados Unidos, quizás no se hayan equivocado).

Sin embargo, siendo este conflicto atípico en tanto residuo de la Guerra Fría (en última instancia, se trata de un conflicto irresuelto desde 1953 cuando la Guerra de Corea fue suspendida por un armisticio, no por tratado de paz), no es sin embargo único ni el más peligroso en el continente asiático. En efecto, la conflictividad latente en el Asia es la más intensa, amplia y plural en el sistema internacional. No existe continente que albergue tantos conflictos estatales convencionales y no convencionales de tanta peligrosidad e inmenso potencial desestabilizador que éste (lo que implica allí un sustancial incremento de capacidades militares).

En efecto, el Asia (es decir, sus diversos escenarios) es el foco del conflicto asimétrico contemporáneo más crítico (el de Afganistán y el remanente de Irak), del más antiguo y de mayor potencial expansivo (el de Medio Oriente), del que confronta a dos potencias nucleares una de las cuales está ambiguamente involucrada en la lucha antiterrorista de mayor alcance (India y Pakistán), del que, además del coreano, tiene el mayor componente extra -regional (China-Taiwán), del que confronta a dos potencias nucleares y continentales de creciente proyección global que albergan, en conjunto, algo menos que un tercio de la población mundial (China-India) y del que representa el mayor sistema de balance de poder entre una potencia marítima y sus aliados y una o dos potencias continentales (el cuarteto Japón, China, Rusia y Estados Unidos).

Esta lista letal no incluye, obviamente, la gran conflictividad intraestatal asiática, ni a otros conflictos regionales menores ni a los conflictos instigados transnacionalmente por una de las principales agresores globales: los grupos terroristas que encuentran en Asia una incubadora prolífica. Frente a ella, iniciativas diplomáticas como las recientes visitas del Primer Ministro chino a la India (suscribiendo contratos por US$ 12 mil millones) restan algo de fricción pero no sin el balance estratégico correspondiente (los contratos suscritos por el Primer Ministro chino con las autoridades de Pakistán, un rival de la India, fueron de US$ 15 mil millones).

En comparación a ese escenario (y a su consecuente escalada armamentista), la inestabilidad latinoamericana derivada de rivalidades interestatales o generada por conflictos asimétricos transestatales (el narcoterrorismo) no sólo es menor sino que la gestión del conflicto tiene aquí mucho mayores posibilidades de éxito. Este factor, sin embargo, no parece importar a nuestros socios extraregionales, a las agencias que califican el riesgo político, a los grandes inversionistas y ni siquiera a los encargados de nuestra política exterior.

En efecto, estos agentes prefieren ver en el Asia la nueva frontera económica privilegiando el tamaño de su mercado, su creciente sofisticación y la importancia de su demanda para el crecimiento global y para la exportación de materias primas latinoamericanas. Ello llega al punto de la irracionalidad que no proviene sólo de la nueva relación “Norte-Sur” que la región estructura hoy con Asia. En efecto, en materia de seguridad se puede adelantar una hipótesis: si la reciente confrontación en la península coreana se hubiera producido entre un par de Estados latinoamericanos, los calificadores globales habrían castigado a la región –y, en especial, a los hipotéticos beligerantes- con notas deslegitimadoras complementadas por la correspondiente presión económica y política. Esto ocurre en escala mucho menor en el Asia en términos absolutos y relativos.

El privilegio de la variable económica sobre la estratégica no es, reiteramos, sólo una distorsión perceptiva de terceros con serias implicancias para América Latina. Este defecto incluye a nuestros propios decisores y, por tanto, influye muy fuertemente en la definición de los intereses nacionales y de los objetivos y estrategias correspondientes. Tal fenomenología no sólo disminuye el status relativo de cada uno de los Estados latinoamericanos en relación a los asiáticos sino que reduce la correspondiente capacidad de interacción y sus consecuencias subjetivas (p.e. una imagen disminuída). En efecto, al sustraer las variables de seguridad de esas políticas (o de reducirlas), nuestra capacidad de influencia en el Asia (que ya es menor en términos de capacidades) se minimiza aún más o tiende a circunscribirse al espacio multilateral (empezando por la APEC).

Frente a este escenario quizás sería conveniente que los Estados latinoamericanos se decidieran, de manera complementaria al desarrollo de sus intereses económicos, a incrementar su influencia en el Asia mediante una participación más activa en la solución de los conflictos regionales en ese continente. En cualquier caso, ello sería más eficiente y realista que las insistentes declaraciones regionales de lirismo pacifista en un escenario menos complicado como el nuestro. La situación de la península coreana brinda esa oportunidad que debe ser complementada por los intereses coincidentes generados con Corea del Sur por países como Perú, Colombia, México y Chile. Y la de estos con socios occidentales.

 



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