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EDITORIAL

El 2010 en el hemisferio americano


Alejandro Deustua
30 de diciembre de 2010

Las relaciones interamericanas han mejorado en el año impulsadas más por la mejor relación intralatinoamericana que por la de Estados Unidos con la región.

En efecto, sin considerar el efecto Wikileaks (de criminal inducción exógena y que no muestra una conducta diplomática norteamericana distinta a la que establece el standard) y de la reciente fricción entre Estados Unidos y Venezuela (generada por la denegación del beneplácito venezolano al nuevo embajador norteamericano y el retiro de la visa a este último por Washington), no se han producido progresos significativos este año en la relación general entre Estados Unidos con los países del área.

Veamos. La cooperación de la primera potencia con su principal socio latinoamericano (México) no parece haber estado, en el 2010, a la altura de lo requerido por la extraordinaria violencia con que las organizaciones del narcotráfico (ya transformadas en narcoterroristas) han confrontado a las fuerzas del orden de este último.

Siendo la lucha por el rescate de la soberanía interna mexicana un interés de seguridad para Estados Unidos, no se ha producido en esa potencia el esfuerzo equivalente en la reducción del consumo de drogas, en el control del tráfico de armas ni en el incremento sustancial de la asistencia de seguridad a México. Ello a pesar del explícito reconocimiento por el Departamento de Estado de la alerta en la primera potencia sobre los requerimientos específicos en este combate.

Por lo demás, la solución al problema migratorio –un asunto que compromete vitalmente el interés nacional de ambos países- continúa postergado debido a la complejidad burocrática, la polarización política en la primera potencia y a la arbitrariedad con que las autoridades de los diferentes estados federales norteamericanos tratan la materia. A ello se agrega la incapacidad mexicana de impedir que sus ciudadanos vulneren las reglas migratorias del vecino.

Sin embargo, la relación económica bilateral parece mejorar entre esos países a pesar de los inconvenientes que plantean ciertas disfuncionalidades del Nafta (especialmente en el caso del transporte carretero) como lo muestra la muy buena perfomance económica mexicana de este año (al respecto debe recordarse que alrededor de un 80% de las exportaciones mexicanas se orientan hacia Estados Unidos).

De otro lado, a pesar de que la relación especial establecida entre Estados Unidos y Colombia mantiene consensualmente su nivel estratégico, la disposición de las autoridades judiciales colombianas de paralizar la ejecución del acuerdo que permite a tropas norteamericanas hacer uso de siete bases colombianas ha disminuido la calidad del trato bilateral mantenido durante el gobierno del presidente Uribe. A ello contribuye de manera importante la negación del Congreso norteamericano a ratificar el acuerdo de libre comercio suscrito con Colombia por razones general, pero no totalmente vinculadas, a asuntos de derechos humanos.

Finalmente, la relación de la primera potencia con Brasil ha mejorado por el simple hecho de que Congreso norteamericano aprobó de manera extraordinariamente morosa la designación del Embajador norteamericano en Brasilia. Sin embargo, la muestra de tamaño desinterés materializado en el descabezamiento de esa Embajada durante varios meses puede haber influido en la decisión brasileña, adoptada hace muchos años, de progresar en la relación institucional con América del Sur, el Caribe y Cuba al margen de Estados Unidos.

Si bien ciertos acuerdos energéticos y militares, entre otros, contribuyeron a reducir el problema, éstos no fueron suficientes para equilibrar el malestar generado por fricciones comerciales ni para inhibir al Brasil de adoptar políticas cuestionables como la iniciativa brasileño-turca sobre Irán (cuando la Unión Europea y Rusia acompañaban a la ONU y a Estados Unidos en campañas de presión para impedir la proliferación de armas nucleares en el Medio Oriente) ni para adelantar, unilateralmente, el reconocimiento de del Estado palestino (como también lo hicieron Argentina y Uruguay).

De otro lado, si bien la relación de Estados Unidos con Chile no ha perdido su curso preferente, la relación con Bolivia continúa sometida al condicionamiento del gobierno del MAS y la relación con Perú no ha avanzado más desde la ratificación del acuerdo de libre comercio.

Finalmente, la relación entre Estados Unidos y Cuba no parece haberse animado al calor del incierto proceso de reformas en la isla. Y en el ámbito de la OEA, la resolución de la Asamblea General de la OEA de dejar sin efecto, a partir del 2009, la Resolución que, en 1962, suspendió la participación de Cuba en ese organismo no ha tenido efecto ni en el gobierno totalitario de la isla ni en la decadencia operativa del órgano interamericano.

Así mismo, la divergencia entre un grupo de países latinoamericanos y Estados Unidos sobre el reconocimiento del nuevo gobierno hondureño (entre los que se encuentra el Perú), de un lado, y otro grupo de países (los del ALBA y el MERCOSUR), no ha ayudado a consolidar al foro hemisférico como el escenario donde todos los países americanos discuten la problemática común bajo condiciones de igualdad por lo menos formal. Ello ha facilitado el camino a Unasur (aunque no a la comunidad de estados latinoamericanos y caribeños que, de manera extravagante, se intentó organizar en Cancún).

En América del Sur, de otro lado, se mantiene la división entre un grupo de Estados corporativos (los del ALBA) y un número de países liberales con diferentes visiones del mundo.

Sin embargo, aunque en Venezuela la tendencia autoritaria apura el paso al totalitarismo (la ley habilitante que permitirá al señor Chávez gobernar por decreto por 18 meses es la cuarta de ese tipo) y en Cuba presenta reformas de apertura poco convincentes impulsadas por la necesidad antes que por la convicción bajo la férrea tutela de los hermanos Castro y del Partido Comunista mientras Nicaragua se orienta hacia la reelección indefinida, en Bolivia el descontento social por el mal manejo económico se incrementa. Ello puede ser un indicador (y no más que ello) de la insustentabilidad de los gobiernos de ese bloque.

De otro lado, los apuros venezolanos han admitido con mayor facilidad el realismo del Presidente Juan Manuel Santos de Colombia. La reanudación de relaciones diplomáticas entre ambos países ha disminuido la fricción bilateral y permitido la normalización del comercio en uno de los polos económicos más importantes de la región. La retórica empleada (el señor Santos se ha referido al señor Chávez como su “nuevo mejor amigo”) no corresponde, sin embargo, a los antecedentes del Presidente de Colombia ni a los requerimientos de su actual pragmatismo. Ésta tendrá que ser moderada en tanto el mayor enemigo de Colombia –las FARC- no ha sido reconocido precisamente como tal por el gobierno de Venezuela.

La normalización de la relación diplomática entre Colombia y Ecuador tiene también un efecto estabilizador, aunque menos complejo, en el área. Y lo seguirá teniendo mientras ciertos alineamientos remanentes no compliquen la tranquilidad relativa de los países de la ex -Gran Colombia con el Perú.

De otro lado, Perú y Chile han logrado establecer puentes de integración que ayudan a que la solución de la controversia marítima bilateral atenúe la desconfianza entre los implicados. En esta materia, el proceso de integración bursátil entre Perú, Chile y Colombia –que es un esfuerzo esencialmente privado- constituye un logro estratégico que, si se toman los resguardos del caso, generará en el segundo mercado de capitales de América del Sur una fuente de financiamiento vital y de riqueza colectiva.

Y si éste se enmarca en el proceso de integración entre los países liberales del Pacífico latinoamericano –empezando por Perú, Chile, Colombia y México- la innovación estratégica en la región será mayor. Además de brindar estabilidad en el área e incrementar la interdependencia efectiva entre sus miembros, ese proceso potenciará extraordinariamente la influencia de los países ribereños de la cuenca en los desarrollos de la misma y en otras iniciativas como el futuro Acuerdo Transpacífico.

Finalmente, la relación argentino-brasileña ha mejorado al amparo de la buena perfomance de ambos países frente a la crisis económica a pesar de las diferencias de gestión. Argentina parece haberse percatado que las asimetrías con el Brasil no son recuperables en el corto plazo y que la proyección extra -regional de este último no es contenible por ella. En consecuencia, el desarrollo de una agenda puntual bilateral que soluciona problemas comerciales y que alienta la cooperación en diferentes sectores, como el militar (en el incremento de capacidades aéreas, pro ejemplo), ha ofrecido posibilidades de acercamiento práctico.

Ello ha consolidado la relación económica principal en Suramérica aunque la balanza comercial sea desfavorable para Argentina desde el 2003. El potencial del Mercosur se ha revaluado, por tanto. A ello ha contribuido la normalización de la relación argentino-uruguaya lastrada por el desencuentro ambiental (Botnia).

En este contexto de mejoramiento de la relación interestatal en América del Sur la buena perfomance económica del 2010 encuentra la posibilidad de que en el 2011 se logren frutos adicionales a pesar de la desaceleración que se anticipa. Ese avance quizás sea puesto a prueba, sin embargo, por la inestabilidad política y social en varios de los países del área.

 

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