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EDITORIAL

Davos: desorden, reiteración y metáforas


Alejandro Deustua
4 de febrero de 2011

Los encuentros anuales del Foro Económico Mundial (WEF) en Davos han querido ser el equivalente empresarial del G7 o de la OECD pero han terminado siendo el espejo del G20 o del Consejo Económico y Social de la ONU. Su condición elitista se ha democratizado, como el poder, al compás de la extraordinaria ampliación de la empresa privada de proyección global y de quien pueda sufragar los más US$ 50 mil que cuesta la membresía (lo que no asegura el derecho a invitación al evento alpino).

Sin embargo, esa multiplicación cuantitativa se refleja últimamente más en la consolidación institucional del WEF (que produce magníficos documentos como el Reporte Anual de Competitividad Global) que en la calidad del debate y la precisión de sus recomendaciones. Éste ha sido el caso de la reunión de enero último.

Es más, si el documento From Risk to Opportunity: Building a Response to the New Reality, refleja lo que allí se planteó se puede decir que la capacidad de prognosis de la élite ampliada de Davos ha sido desbordada por las complejidades del cambio del sistema internacional y su impacto en los modelos de administración de negocios y de gestión de riesgos (el tema de la reunión). Si ese tópico es pertinente a los tiempos que vivimos, su planteamiento y conclusiones ha sido hiperbólico (sobredimensionamiento o infravaloración de diversos puntos de la agenda), confuso (mezcla inconsistente de planos), redundante (se ha basado en los términos de la reunión del 2010) y hasta histriónico (una cierta predisposición al dramatismo).

En efecto, este documento de relaciones internacionales gestado por tutores de hombres de negocios confirma que, cuando estos últimos incursionan en el diagnóstico sistémico, geopolítico o ambiental del escenario internacional desprovistos de la capacidad ordenadora que brinda la experiencia política o académica, los resultados pueden ser menos eficaces que lo que los señores de Davos exigirían en sus propias empresas. El concurso de algunas personalidades o Jefes de Estado no ha contribuido esta vez a establecer el fundamento apropiado de esos debates.

La utilidad de los mismos se ha resignado así al consenso aparente sobre una larga lista de preocupaciones, a su codificación más o menos arbitraria y a su resumen en metáforas que revelan tanto una determinada percepción de la realidad (que tranquilamente podría haber sido otra) como un estado de ánimo (esta vez predispuesto a un cierto pesimismo que difiere del comportamiento económico de muchos de sus participantes).

En este marco no resulta extraño que la evaluación de los factores contradictorios de la globalización, que siempre se entendieron como la tensión entre fuerzas unificadoras y de fragmentación, termine, a la luz de la crisis, enfocada prioritariamente en estas últimas (emergencia de actores, elementos de desinserción, tendencias nacionalistas) sin los contrapesos cohesivos que muestra la realidad (la recuperación interactuante). Y tampoco parece disonante con un marco descuadrado que se señalen, como nuevos, factores que siempre estuvieron presentes: los problemas de la asimetría y de la exclusión. Un esfuerzo por evaluar el punto de desequilibrio entre estas fuerzas antes que la concentración en una de ellas hubiera sido más interesante y orientador.

De otro lado, el cambio del sistema internacional (cuya prognosis anunciada desde la última década del siglo XX ha implicado consistentemente una redistribución de capacidades competitivas fuera del núcleo de potencias dominantes tradicionales) dejó de verse en Davos como un proceso largo para diagnosticarse como una revolución casi consumada. Nada más equivocado: ni las denominadas potencias emergentes (salvo quizás China) han consolidado su status ni las potencias centrales (Estados Unidos, por ejemplo), dejarán de serlo sin resistencia a lo largo de un par de décadas por lo menos. Los participantes en Davos han preferido fijar el momento actual del largo proceso de construcción de un sistema multipolar quizás estimulados por la necesidad de llevarse el recuerdo fotográfico del hermoso paisaje que rodeó la reunión.

Así mismo, los escenarios geopolíticos principales de redefinición del balance y de redistribución del poder –el Asia y, luego, el de las economías emergentes- se han confundido con los escenarios sistémicos-estructurales eludiendo, por tanto, el adecuado trato de los factores dinámicos de competencia y cooperación que ese contexto genera.

De oro lado, a la indisposición a diferenciar los ámbitos estructurales de los interactivos que marcan el paso del cambio se sumó la ausencia de reconocimiento procesal del mismo. Así la frontera entre los factores activos en el corto plazo y los que actúan en el largo plazo se diluyó para dar lugar a un supuesto hecho consumado: la “nueva realidad” que, a su vez, sucede a otras metáforas como la “nueva normalidad” (“the new normal”). Éstas, como toda metáfora, son más alusivas que precisas. De esta manera “the new normal” adquirió en los Alpes suizos un fuerte aire de “wishful thinking”.

Y así como se transgredió la frontera entre lo relevante hoy de lo que seguirá siendo relevante mañana, la diferencia entre la fenomenología micropolítica y microeconómica (los nuevos modelos de gestión pública –por ejemplo, los que demandan modelos inclusivos- y de gestión privada –por ejemplo, los que aluden a la responsabilidad corporativa y a una nueva gestión de riesgos) aparecieron entremezclados con la fenomenología macropolítica y macroeconómica (el cambio de las condiciones del balance de poder o los desequilibrios económicos globales).

Entonces la “lluvia de ideas” que parece caracterizar ahora las reuniones de Davos se convirtió en una verdadera “tormenta de ideas” que si bien irrigó el ámbito conceptual de la reunión, terminó saturándolo. Y allí, como en toda inundación, reina el caos especialmente, especialmente cuando al desorden se lo ataca con metodologías indefinidas como “la integralidad” y “lo complejo”.

En ese escenario se asume que no sólo todo fenómeno interactúa con otro sin intermediación y con independencia de su naturaleza o status, sino que la solución que se patrocina como correcta y eficaz aboga por la aplicación de las herramientas propias de una disciplina en otra (así la alusión a “los bomberos” superó todo límite por lo caricaturesco y por lo desmedido: los bomberos suelen apagar incendios ahogando el fuego sin mucho cuidado por lo que pueda rescatarse sobre todo cuando el incendio es mayor).

Es en este punto en el que, bajo estas premisas, la prevención del riesgo o el combate de la amenaza o del desafío se convierten en un peligro en los ámbitos de la política o de los negocios por la sencilla razón de que el overshooting se propone como norma y la especialización y mesura aparecen como valores deteriorados. Sin desearlo, asumimos, el documento de Davos patrocina la imprudencia amparado en la aceptación privilegiada e inmatizada de la complejidad contemporánea y la aproximación multidisciplinaria en todos los casos.

Como consecuencia, perdieron sentido planteamientos como el del desarrollo inclusivo como distinto del mero crecimiento. En efecto, para que el primero sea aplicable como modelo es preciso reconocer la especificidad de los que no participan –o lo hacen mal- del progreso económico o de la globalización antes de aplicar una política “integral” que puede ser desorientadora, ineficaz y cara. Y si el problema real (en este caso, la exclusión) termina siendo abordado al margen de la aproximación especializada (es decir, por instrumentos generales o universales) lo más probable es que se caiga en la arbitrariedad decisoria y que la atención del problema devenga apenas en una expresión de deseo. En este caso Davos está proponiendo, sin desearlo, una nueva forma de populismo administrativo (el que deriva de la aparente gestión multidisciplinaria en la que todos participan) basado en una falsa legitimidad (la de la élite de la que emana).

Es más, en este proceso en que la falta de límites interdisciplinarios es la norma, la tendencia a la fantasía conceptual (que no es lo mismo que creatividad) es el resultado esperado. Todo esto sería entretenido (como lo es) si no fuera porque apunta a la aceptación del caos y a la retroalimentación del desorden en el escenario del cambio.

Así, por ejemplo, los participantes de Davos han preferido aproximarse con un nuevo espíritu lúdico a uno de los principios organizadores más eficaces, permanentes y, a su vez, adaptables, del sistema internacional: el de soberanía. Sin reconocer que la conceptualización de ese principio ya mutó de su dimensión absoluta a la relativa (en la que la soberanía o el derecho de un Estado está limitada por el derecho de los demás) y que, bajo esta nueva definición, la soberanía sigue siendo indispensable para combatir problemas transnacionales en tanto identifica la responsabilidad de cada quien, ahora se plantea una nueva limitación: la prioridad plena de la responsabilidad sobre el derecho del Estado soberano.

Esa afirmación no sólo es irrazonable sino irracional porque vacía de contenido el concepto de soberanía al tiempo que reclama gobernabilidad nacional (especialmente en los Estados vulnerables) y global (el dominio de la cooperación entre Estados soberanos) para confrontar la “nueva realidad”. Por lo demás, invitar a la cooperación internacional sobre la base de la denegación o minimización de la importancia del derecho o del interés nacional es absurdo si es que no llama al conflicto.

Si todo cambio de sistema implica rompimiento de un orden, incremento de la tensión y aparición de nuevos actores y problemas, ese cambio suele tener grados. En tanto a lo largo de la última década del siglo XX y de la primera del siglo XXI ese cambio no ha sido catastrófico (a diferencia de otros en la historia, éste no está comandado por las realidades de la guerra) y parece más bien procesal, su velocidad puede aumentar o disminuir por la incidencia de un shock (por ejemplo, la crisis económica) o por la influencia de la recuperación (la salida de la crisis, por ejemplo). Aquí el ritmo reemplaza al corte. Y mientras ese proceso no implique un corte (un cambio total del sistema -es decir, de estructura y regímenes-), una cierta continuidad de principios puede iluminar y ordenar el proceso con mayor o menor intensidad. Y esto es lo que observamos hoy: los principios de libre mercado (con variantes distinguibles de las de laissez faire) y de la democracia (con variantes de la superior democracia representativa) siguen siendo centrales en el proceso de cambio sistémico.

Por ello parece irrazonable que el Foro Económico Mundial anuncie la conclusión de un nuevo estado de cosas (es decir, la sustitución radical del sistema incluyendo el reemplazo de principios fundamentales que rigieron al anterior y que supuestamente han dejado de existir). Si esta conclusión no corresponde a la realidad, ni a la “nueva realidad” que el Foro anuncia, sus miembros (o más bien, los concurrentes a la última reunión de Davos) parecen haberse ubicado en el terreno de las “percepciones equivocadas” y, por tanto, podrían estar más predispuestos a tomar malas decisiones si sus titulares no se corrigen a tiempo. Quizás la reunión de Davos 2012 sea un escenario muy lejano para reconsiderar las conclusiones de esta convulsionada reunión de principios de año.




 


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