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EDITORIAL

Política exterior brasileña: cambio de principios dentro de un programa de continuidad


Alejandro Deustua
18 de febrero de 2010

En apenas un mes y medio desde que la Presidenta Dilma Rousseff asumiera el cargo, la política exterior brasileña ha intensificado su dimensión multilateral, variado parcialmente su orientación extraregional, incrementado su perfil interamericano, potenciado su inserción conosureña y otorgado a la relación con los vecinos un mayor perfil de seguridad.

Este conjunto de hechos pareciera marcar un cambio sustantivo en la orientación externa de esa potencia emergente. Esta conclusión podría ser, sin embargo, apresurada. Pero si no lo fuera, ésta no provendría de los lineamientos generales de esa política sino de la valencia que la nueva Jefa de Estado y el Canciller Antonio Patriota están imprimiendo a la proyección de los intereses nacionales brasileños.

En efecto, si, como estaba previsto, éstos se mantienen lo que está cambiando es su condicionamiento ideológico al margen del tono de su instrumentación. A esa alteración podría denominarse un cambio sustancial aunque dentro del marco de la continuidad programática de la proyección externa brasileña. Ello implica que el nuevo gobierno brasileño no sólo ha dejado atrás la influencia del asesor principal del ex -Presidente Luis Lula da Silva en la materia (el funcionario del PT Marco Aurelio García) sino que ha cancelado el influyente punto de vista de ese asesor.

El elemento más notorio de este cambio es la variación de la relación con Irán. Ésta es hoy tratada en términos liberales definidos en torno de los derechos humanos. Con ello la política exterior brasileña podría estar dejando de ser sólo una función del incremento de la influencia de la potencia emergente, de la apertura de escenarios de proyección y de su aspiración multipolar.

En efecto, el nuevo gobierno brasileño no sólo ha condenado la violación de los derechos humanos por el gobierno iraní (especialmente en el caso del tratamiento de la mujer) sino que ha organizado una nueva aproximación a Israel reconociendo explícitamente la barbarie del Holocausto en claro contraste con Irán que niega ese hecho catastrófico.

Sin embargo, en relación al Medio Oriente hay también en la gestión de la Presidenta Rousseff evidentes elementos de continuidad. El más notorio es el avance de la relación con el Estado palestino después de su peculiar reconocimiento: éste ya ha empezado a construir en Brasilia la embajada respectiva.

Pero si la variación estratégica en relación a Irán es importante en el marco de la tendencia al cambio de orden que emerge en el Medio Oriente, quizás lo sea más la “nueva” relación que se ha empezado a tejer con Estados Unidos. Demeritada ésta por el ambiguo cuestionamiento brasileño al ALCA (Brasil no favoreció el esquema pero copresidió el proceso su frustrada organización), por la vocación excluyente de algunos fundadores de la nueva organización suramericana y por la divergencia de intereses primarios que conciernen al uso de la fuerza por la primera potencia, esa relación empezó a recuperar vitalidad con la vinculación energética (biocombustibles) en el 2007 y mediante una visita del Presidente Bush.

Esa iniciativa renovadora (que continuó con la visita del Presidente Lula a Estados Unidos y con el reconocimiento del Brasil como líder regional por miembros de la Casa de Representantes) fue potenciada por el reciente anuncio del Presidente Obama de realizar una visita al Brasil (en gira de evidentes características selectivas que comprenderá a El Salvador y Chile). Las autoridades brasileñas han respondido que, en ese marco, desean iniciar una nueva etapa en la relación histórica con Estados Unidos (la primera potencia fue socio principal del Brasil especialmente en la primera mitad del siglo XX cuando ambos estados estimularon el panamericanismo en el Hemisferio).

Si bien esta aproximación comprende, en principio, sólo la relación bilateral, el establecimiento de una agenda compleja y renovada entre las mayores potencias americanas ciertamente tiene el potencial de sentar los fundamentos de la renovación de la hoy decaída relación interamericana. Especialmente si ésta comprende intereses primarios de proyección global como los monetarios, los de defensa y los vinculados a “nueva arquitectura” del sistema económico global.

En relación a los primeros el Secretario de Estado norteamericano Timothy Geithner ha expresado en Brasil el interés de su gobierno de cooperar con la potencia emergente en enmendar el impacto “desemesurado” que el incremento y reorientación de los flujos financieros ha causado en el sistema monetario brasileño. Sobre el particular la autoridad norteamericana ha propuesto una cercana cooperación con el Brasil para coordinar posiciones dentro del G20 en lugar de patrocinar la adopción de medidas aisladas y singulares por la potencia suramericana.

Aunque la autoridad monetaria brasileña reconoce que parte del problema está vinculado a la sobrevaluación del yuan y Estados Unidos desea que el Brasil contribuya a plantear el tema, las autoridades de este país han aclarado, con alguna demora, que no participarán en una denuncia singular (este asunto, sin embargo, será tratado probablemente en la visita de la Presidenta Rousseff a China en abril próximo).

Esa posición se inscribe en la disposición inicial brasileña a denunciar en los foros internacionales (incluyendo la OMC) la manipulación monetaria como factor distorsionante del mercado. Tal disposición ya se ha expresado en la denuncia brasileña de una “guerra monetaria” en curso generada por devaluaciones competitivas. De ellas Brasil ha responsabilizado, entre otros, a Estados Unidos en tanto que sus políticas de estímulo monetario contribuyen deliberadamente, a su criterio, a la devaluación del dólar (40% en un año) afectando importantemente la balanza comercial bilateral con el Brasil y el valor de las reservas brasileñas de aproximadamente US$ 250 mil millones aproximadamente.

Y si la cooperación monetaria ad hoc entre Brasil y Estados Unidos es posible, el sector defensa ha renovado el horizonte de oportunidades bilaterales con la disposición de la Presidenta Rousseff a revisar el plan de compras de armamento heredada del gobierno anterior.

En efecto, Brasil no sólo revisará lo que gastará en la adquisición de aviones de guerra, barcos de superficie y submarinos sino sus preferencias iniciales. Si el gobierno del Presidente Lula había mostrado proclividad por la adquisición de aviones Rafale de la Dassault francesa, la Presidenta Rousseff y su Ministro de Defensa Nelson Jobim han anunciado que considerarán la propuesta del F-18 de la Boeing norteamericana en la medida en que ésta implique transferencia efectiva de tecnología. La decisión correspondiente aún no se ha tomado pero se ha reabierto el ámbito de selección brasileña (que incluye, además del Rafale, al Gripen de la Saab sueca).

Más allá de lo que ocurra con las compras de armamento marítimo, el renovado interés brasileño por los F-18 puede tener un impacto estratégico mayor en la región de largo plazo marcando una tendencia en el aprovisionamiento militar del área teniendo en cuenta que Chile ha adquirido una importante flota de ese tipo de aviones. Por lo demás, la presencia norteamericana en Suramérica se incrementaría notablemente mediante su arraigo tecnológico otorgando quizás un nuevo contenido al acuerdo militar brasileño-norteamericano renovado el año pasado después de lustros y de la visita de autoridades brasileñas al Departamento de Defensa para evaluar, en el 2008, la creación del Consejo Suramericano de Defensa y la renovación de la IV Flota norteamericana.

A calificar la “nueva” relación brasileño-norteamericana contribuye la naturaleza del intercambio comercial entre las dos potencias hemisféricas. Ésta difiere sustancialmente de la que mantiene el resto de la región con Estados Unidos. Aunque las exportaciones brasileñas a Estados Unidos son más importantes para el Brasil que para Estados Unidos en términos participación en los respectivos mercados (las exportaciones brasileñas a la primera potencia giran en torno al 15% del total mientras que las norteamericanas al Brasil bordean el 2% del total estadounidense), la naturaleza de los intercambios está marcada por la exportación de bienes de capital o con alto valor agregado. Este vínculo se incrementará y adquirirá nuevo valor cuando las inmensas reservas petroleras brasileñas en la cuenca del Atlántico empiecen a exportarse, quizás transformadas en gasolinas, también a Estados Unidos disminuyendo la dependencia petrolera de esa potencia de las importaciones del Medio Oriente.

El replanteamiento del vínculo con Estados Unidos ha sido, sin embargo, posterior a la reiterada expresión de voluntad brasileña de mejorar la relación con Argentina. Siguiendo la tradición reciente, fundada en la aproximación bilateral de 1985, el primer viaje oficial de la Presidenta de Brasil fue a Argentina. El propósito del mismo fue el de reconfirmar ese vínculo como el principal para el buen funcionamiento del MERCOSUR y para la organización de Suramérica desde la perspectiva brasileña.

Éste se expresó, quizás con exceso de retórica, en la necesidad de generar políticas conjuntas para fundamentar el desarrollo regional. A su vez, éstas deberían basarse en la construcción de un polo de desarrollo argentino-brasileño y en una mayor integración bilateral.

Ese planteamiento, que tiene raíces en ciertos mercados de escala sectoriales como el automotriz, estuvo, sin embargo, fuertemente influenciado por la necesidad brasileña de responder a quejas argentinas sobre desbalance comercial (Argentina ha pasado de ser superavitaria en el comercio con Brasil a ser deficitaria en el orden de los US$ 4100 millones el año pasado con perspectivas de mayor deterioro este año). Tal situación, que se ha producido a pesar de la apreciación del real, genera incertidumbre adicional en Argentina por el riesgo de una eventual depreciación de esa moneda (una medida que, sin embargo, Brasil ya ha anunciado que no adoptará).

En ese marco Brasil y Argentina han acordado estudiar la posibilidad de realizar exportaciones conjuntas, el incremento de compras brasileñas de productos argentinos, la mejor supervisión del comercio bilateral y el patrocinio de una mayor coordinación empresarial entre otros acuerdos (que incluyen el ámbito nuclear).

Adicionalmente, Brasil ha tomado decisiones estratégicamente costosas (p.e. denegar la entrada a puerto de un buque de guerra británico proveniente de las islas Malvinas) y de intermediación multilateral a favor de Argentina (p.e., impedir la adopción de medidas del FMI contra este país derivadas de la opacidad de la información que proporciona el gobierno argentino a ese organismo multilateral especialmente en el campo de la inflación).

De otro lado, con el resto de los vecinos, específicamente los amazónicos, Brasil ha decidido adoptar una nueva política de seguridad fronteriza. Ésta (el Sistema Integrado de Vigilancia Fronteriza) dispondrá, por etapas, de radares de última generación, aviones no tripulados y mayor vigilancia en tierra. Ésta última se realizará mediante el incremento de 21 a 49 “Pelotones Especiales de Frontera” y con el concurso de vehículos blindados ad hoc. El programa, que podría bordear los US$ 6 mil millones, también forma parte del proceso de modernización de las fuerzas armadas brasileñas y se fundamenta en el incremento de la vulnerabilidad fronteriza en la cuenca amazónica (el tránsito de fuerzas irregulares ha sido una realidad en el área mientras que el flujo de droga a las ciudades brasileñas –especialmente de origen boliviano- es una amenaza real y presente). El reforzamiento de la seguridad fronteriza probablemente requerirá de una mayor cooperación con los países vecinos.

Al respecto debe recordarse que Brasil tiene 10 fronteras internacionales y que la buena relación con sus vecinos es la base de la consolidación del escenario suramericano como plataforma de proyección global. En la perspectiva brasileña, por tanto, esta política está también destinada a clarificar la integración regional y sería, en consecuencia, funcional al mejoramiento de su inserción extra-regional.

En ese marco se inscribe la convocatoria, a principios de febrero, del Grupo de los 4 (Brasil, India, Alemania y Japón), una entidad informal creada para fortalecer y viabilizar el interés de sus miembros en la reforma del Consejo de Seguridad ampliando en él el número de los miembros permanentes y no permanentes. En efecto, el Canciller Antonio Patriota no ha perdido el tiempo en organizar, a nivel de cancilleres y apenas a un mes del cambio de gobierno, una reunión del esa agrupación.

De esta forma, el interés primario brasileño que se fundamenta en la necesidad de plasmar regimentalmente las realidades del cambio sustancial del sistema internacional, se ha reiterado pero esta vez marcando un claro rumbo de continuidad en la política exterior brasileña. Lo nuevo acá es la rapidez con que la reunión se ha realizado y el alto perfil y el fuerte nivel de cohesión logrado por los participantes.

Si el impulso político y de seguridad del G4 supera o no al que éstos puedan articular en el G20 (cuya agenda ya no es exclusivamente económica como lo reitera la reunión que hoy se celebra en París) está por verse. Pero si el empuje renovador brasileño ayuda a lograr un resultado en este campo antes de que culmine el gobierno de la Presidenta Rousseff el cambio de la política exterior brasileña se medirá por el resultado de una política de continuidad y no sólo por la variación del enfoque ideológico.

Fuentes: Cancillería brasileña (comercio con Estados unidos)


 


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