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EDITORIAL

El encuentro Obama-Hu Jintao


Alejandro Deustua
21 de enero de 2011

El reciente encuentro entre el Presidente Hu Jintao y el Presidente Obama califica históricamente como la primera visita de Estado que un Presidente chino ha realizado a Estados Unidos. El valor diplomático del mismo supera, por tanto, el definido por el protocolo y el de los ocho encuentros sostenidos entre ambos mandatarios. Según el Presidente Obama, la visita estuvo destinada a sentar las bases de la evolución de la relación con China para las próximas tres décadas.

Así, la definición estratégica de la visita, que ha apuntado a profundizar la cooperación y a consolidar el diálogo institucional bilateral antes que a definir una nueva identidad de intereses, no es la que el lugar común del momento quiso otorgarle. En efecto, el Presidente chino concurrió a Washington DC en busca de colaboración y de reconocimiento de un rol pero no del status de superpotencia ni Estados Unidos lo ha otorgado. En esta perspectiva, la visita de Hu Jintao no es equivalente a la que realizó Nikita Kruschev a Eisenhower en 1959 cuando se selló, en el entendimiento mutuo, la paridad de la relación entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

De otro lado, el encuentro tampoco ha estado orientado a constituir una asociación (y menos una alianza) sinonorteamericana en las dimensiones propuestas por Zbigniew Brzezinski en el 2009 en tanto que el supuesto “G2” no es equivalente (ni puede serlo) a las alianzas que mantiene Estados Unidos con Japón o con las potencias europeas ni siquiera en el trato de asuntos globales.

Sin embargo, las cuestiones de jerarquía de poder sí han ocupado el centro del encuentro Obama-Hu Jintao. Éstas se han resuelto mediante el reconocimiento muto de la asimetría existente entre la única superpotencia (Estados Unidos) y la gran potencia que es China. Esta jerarquía fue reconocida por el propio Presidente chino quien precisó, en plena conferencia de prensa, que el encuentro sostenido con su colega norteamericano correspondía al del mayor país en desarrollo con el primer país desarrollado. Es en ese escenario que la propuesta de “armonía” del cotidiano discurso chino, que ahora no fue no fue resaltada, debe entenderse.

A marcar esa diferencia jerárquica contribuyó elocuentemente el Presidente Obama al recordar la gran diferencia de poder económico existente entre los dos Estados (una relación de casi tres a uno), al señalar que el progreso de China se debía en no escasa medida al entorno de estabilidad relativa promovido por Estados Unidos y al dar la bienvenida a la emergencia de China siempre que ésta cumpliera con ciertas condiciones: que la emergencia fuera pacífica y que contribuyera a fortalecer las normas y reglas globales existentes.

Estas afirmaciones se hicieron a pesar de que, como es obvio, Estados Unidos reconoce que el sistema internacional está en cambio y que, por tanto, la fricción propia del mismo es inevitable. El punto a destacar al respecto es que ambas potencias coincidieron verbalmente en que ésta debe ser adecuadamente administrada minimizando los riesgos emergentes.

Sin embargo, para poner en contexto la dificultad de ese compromiso nominal, el líder chino sostuvo justo antes de sur arribo que el sistema monetario internacional centrado en el dólar es un asunto del pasado (lo que no ser más que la reiteración de lo que un buen número de socios de los Estados Unidos piensan, confirma la posición revisionista china sustentada ahora, quizás por la nueva pero restringida convertibilidad de su moneda).

Pero si China va a ejercer abiertamente el revisionismo, su Presidente optó por no reiterar la intención en la Casa Blanca. El cuidado en esta materia llego al punto de que, cuando el Presidente Hu se refirió al cambio en el siglo XXI, no se refirió al “sistema” (término asociado a la primacía norteamericana) sino a la “situación” internacional.

Es más, si la definición de la asimetría en términos de poder fue reconocida, también lo fue, extraordinariamente, en términos de principios. En efecto, si bien el Presidente Hu aludió al principio de no intervención y de paridad en el diálogo, reconoció que China “respeta la universalidad de los derechos humanos” y que, al respecto, su país viene haciendo progresos en la protección y promoción de los mismos.

Si, al respecto, no hubo acá explicaciones sobre la excepcionalidad china ni atingencias sobre la diferencia de estándares morales o ideológicos, parece claro que estamos frente a dos escenarios alternativos: o este reconocimiento político constituye un cambio fundamental de los patrones ideológicos chinos que debieran guiar su inserción global o la cautela china se ha extremado para moderar la preocupación estratégica norteamericana en el Asia y la de los renacidos halcones norteamericanos (ninguno de los dos líderes de la Cámara de Representantes y del Senado concurrieron a la cena ofrecida por el presidente Obama mientras que uno de ellos calificó al Presidente Hu de dictador).

Dicho ello, la no muy extensa lista de temas de diálogo sobre los que hubo complementariedad o reconocimiento conjunto de la naturaleza vital de la problemática, debe ser medida tanto por el interés que cada parte le otorga como por su cumplimiento.

En el primer caso, el Departamento de Defensa tiene ideas claras sobre la importancia de ese diálogo y de lo que debe ser el trato institucional entre las fuerzas armadas norteamericana y chinas en un contexto de cambio sistémico y de desafío chino a intereses vitales norteamericanos en el Asia-Pacífico. El Presidente Obama no se refirió a ese mecanismo, pero sí el Subsecretario Asistente del Pentágono en las inmediaciones de la visita del Secretario Gates a China.

Según ese funcionario, si el siglo XXI no es necesariamente el siglo chino, sí es el siglo en el que China ha devenido en un “asunto estratégico” fundamental. En efecto, la emergencia china en un período de cambios en la cuenca marítima de mayor relevancia y su status de primer socio comercial de los principales aliados de Estados Unidos en el área (Japón, India, Australia, Corea del Sur, Pakistán) en un escenario que alberga, además, a cinco de la más grandes fuerzas armadas del mundo, obliga a Estados Unidos a prevenir cooperativamente la dinámica del conflicto, lograr un adecuado balance y promover un cierto orden.

Sobre el particular, antes que la contención de China el énfasis se coloca en el fortalecimiento de un régimen de estabilidad basado en tres pilares: la cooperación bilateral (mediante el diálogo económico y estratégico); el compromiso norteamericano con sus aliados asiáticos (especialmente, Japón, Corea del Sur, India y Taiwán) en cuyo marco – y no al revés- se desarrollará la política hacia China; y la invitación a que China cumpla efectivamente con sus obligaciones globales en el marco de regímenes establecidos (lo que implica un mayor rol de esa potencia emergente).

El propósito final es llegar a un “entendimiento estratégico” (que se reconoce como lejano) en cuyo proceso se da cuenta de que China ya ha dado algunos pasos importantes como su mayor participación en operaciones de mantenimiento de la paz y de alivio de desastres en el marco de la ONU, el fortalecimiento de su compromiso en el combate de la piratería marítima, su participación en la construcción de la arquitectura del Asia-Pacífico y un mayor involucramiento multilateral.

Sin embargo, el aumento creciente de las capacidades militares chinas y la opacidad sobre sus intenciones incrementa la incertidumbre del escenario. De allí la necesidad de mantener un diálogo abierto con esa potencia con el propósito de lograr relaciones militares “saludables”.

A ello no ha contribuido, sin embargo, el estreno del bombardero chino Stealth J-20 que tomó por sorpresa al Secretario Gates durante su reciente visita a Pekín destinada a preparar el escenario de la visita del presidente Hu Jintao a Washington. Y tampoco ha ayudado la poco convincente presión china a Corea del Norte en el último ciclo de agresiones a Corea de Sur, ni la mayor disposición de la potencia emergente a hostigar la presencia norteamericana en las aguas de sus aliados, ni la coacción China sobre sus vecinos (p.e. las reivindicaciones marítimas), ni la posición a consolidar un predominio estratégico chino en el continente ni el desarrollo de una flota de aguas profundas de potencial alcance global.

Estos elementos de fricción son atenuados parcialmente por un alto grado de interdependencia sinonorteamericana. Ella se refleja en un comercio bilateral de alrededor de US$ 416 mil millones (con un déficit norteamericano de US$ 227 mil millones en el 2010 equivalente a un alto porcentaje del déficit de la balanza total de ese país), en la adquisición china de papeles norteamericanos (que la Secretaría del Tesoro establecía en US$ 900 mil millones en octubre del 2010 pero que algunos calculan en US$ 2.4 trillones), en la inmensa presencia de multinacionales de origen norteamericano en China (China alberga la mayor cantidad de estas empresas), en el volumen de inversión norteamericana en China (el segundo o tercero después de Hong Kong), en la consecuente transferencia de tecnología (replicada parcialmente por la ganancia de mercado norteamericano por China) o en la influencia del renminbi en el comercio exterior norteamericano.

Y si China es el principal acreedor de los Estados Unidos, esta potencia es la primera proveedora de divisas con las que, a su vez, China financia a las empresas estatales y facilita el crédito y la inversión (ahora sobredimensionada) que permiten el altísimo volumen de las exportaciones que encuentran en Estados Unidos su mayor mercado. Este último, en una estrategia de crecimiento por exportaciones, tiene un valor vital para la economía china.

La magnitud de esta relación, sin embargo, está tensionada por el déficit comercial norteamericano atribuido, en gran medida, a la subvaluación del renminbi y a la consecuente tentación proteccionista y retaliatoria norteamericanas. La persistencia china en la administración del tipo de cambio ha llegado no sólo a irritar a Estados Unidos sino inclusive, según Krugman, a dudar sobre la racionalidad de esa política: afectada la economía por una inflación creciente, el gobierno de ese país ha preferido elevar las tasas de interés y controlar precios en lugar de dejar que su moneda se aprecie.

Este tema central en la agenda sinonortamericana no se restringe hoy al tipo de cambio sino al conjunto del mercado chino: Estados Unidos reclama un acceso libre, recíproco y no discriminatorio y China, mediante trabas burocráticas y una variedad de barreras no arancelarias, se resiste. Aún así la inversión sigue fluyendo y la generación de empleos en las ciudades chinas también (aunque a ritmo insuficiente para absorber al creciente número de migrantes del campo a la ciudad).

Aunque esta relación económica es fundamental para la economía mundial, su deterioro (e inclusive un punto de quiebre) no es imposible. Ese punto de quiebre puede aproximarse si China no flexibiliza la moneda (en realidad ya lo ha hecho especialmente frente al euro pero se ha apreciado insuficientemente frente al dólar pasando de 8.4 renminbis por dólar el 2004 a 6.6 por dólar en el 2011), si no permite la libre convertibilidad de la misma (ahora, además del uso nacional, la moneda china sólo se puede usar para invertir en el extranjero), si la demanda interna no crece adecuadamente, si la economía china se deteriora por exceso de crédito e inversión (una burbuja sectorial que arrastre al mercado) o si asuntos específicos como la piratería intelectual se incrementan aún más.

A ello debe agregarse la particularidad de la política exterior económica china. Ahora autoridades chinas recorren el mundo llevando entre sus documentos menos acuerdos de libre comercio o posibles tratados internacionales que contratos de adquisición o inversión en zonas económica “calientes”. Ello acaba de ocurrir en Europa donde autoridades chinas han ofrecido comprar bonos de países del Viejo Continente en problemas de manera más ampulosa que cuando el Presidente Xu Jintao recorrió alguna vez Suramérica prometiendo inversiones de miles de millones de yuanes en sectores estratégicos que no se concretaron salvo para asegurar la oferta de materias primas (creando en el Asia-Pacífico una nueva relación norte-sur).

Esa misma política se desplegado con notable éxito en el África. Y ahora en Estados Unidos cuyos empresarios y lobistas brindan por el compromiso de adquisiciones norteamericanas por US$ 45 mil millones.

El Estado chino gana adeptos invirtiendo sin hacer preguntas sobre la transparencia del mercado ni condicionando su participación a algún cambio democrático. Salvando el colonialismo, a este nivel de crudeza económica externa no ha llegado ni Estados Unidos en su etapa imperial porque los inversionistas involucrados fueron siempre esencialmente privados (aunque protegidos por su gobierno). Aunque la primera potencia acepta hoy esa política porque beneficia a sus empresas, la influencia de la misma en otras regiones es otro factor de alerta en la relación con Estados Unidos (que, sin embargo, elogia el éxito del modelo chino en la lucha contra la pobreza en su propio país).

Finalmente, el capítulo de derechos humanos –cuyo nivel de fricción marcó un punto zenital con la negativa china a permitir que el ganador del premio Nobel Liu Xiabo acudiera a recibirlo- se ha aliviado durante la visita del Presidente Xu Jintao a la luz de su explícito compromiso de progresar en la materia. Ello no obstante, las imputaciones realizadas por los jefes de las mayorías republicana y demócrata en ambas cámaras del Congreso y las demandas del Departamento de Estado podrían dar mejores resultados si el pragmatismo norteamericano encuentra una mejor manera de tratar el tema en la agenda bilateral. El modo más directo –el de la transparencia- ha sido efectivo en Washington. Pero puede ser que no siempre sea así.

En cualquier caso, el encuentro de los presidentes chino y norteamericano tendrá buenos resultados para América Latina si el compromiso de diálogo institucionalizado se toma en serio. De no ser así, la ausencia de un marco de estabilidad sinonortamericano (o a pesar de él) deberá ser reemplazado (y si lo hubiera, deberá se complementado) por uno del Pacífico latino e interamericano y por otro en el ámbito transpacífico para evitar la brusca transferencia de la inestabilidad del sistema internacional a los Estados ribereños de este lado de la cuenca.


 


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