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EDITORIAL

El próximo debate de la política exterior norteamericana y la propuesta del candidato Romney

Alejandro Deustua
19 de octubre de 2012


La política exterior norteamericana estará en debate en el tercer encuentro electoral entre el Presidente Obama y el candidato Romney. Más allá del tono que los contendores empleen en él, se puede anticipar que, a la luz de la fuerte diferencia de visiones del mundo y del rol de Estados Unidos que estos ostentan, se pondrá en evidencia que la política exterior de la primera potencia carece hoy del consenso deseable y que la definición de sus intereses nacionales sustantivos está en cuestión. Tal es el grado de polarización que presenta hoy la sociedad norteamericana y la importancia internacional del debate.

Al respecto, el candidato Romney ha adelantado, en un discurso en el Virginia Military Institute, lo que podría ser su “doctrina” si este candidato es electo. Y lo es no necesariamente por su cobertura o coherencia sino porque, de implementarse, esta propuesta marcará un punto de inflexión en la conducta externa norteamericana en los ámbitos de la estructura de poder, estratégico y geopolítico. Tal es su diferencia con la política exterior llevada a cabo por el presidente Obama.

En términos escuetos la “doctrina Romney” se expresa en la demanda del candidato de una urgente restauración de las capacidades de poder y del liderazgo de los Estados Unidos, en la necesidad de remodelar la orientación conflictiva y económicamente crítica del derrotero del siglo XXI y en la prioridad que se concede al Medio Oriente como principal escenario estratégico calificado por el desafío del extremismo islámico. Salvando las distancias que impone la Guerra Fría, este discurso se asemeja en tono y contenido, aunque en diferente escenario, a la “doctrina Reagan”.

Es posible que el tono confrontacional de la “doctrina Romney” esté influenciado por el rigor de la campaña electoral y por el asesinato del embajador norteamericano en Libia. Pero de ello no se concluye necesariamente que estas dramáticas circunstancias determinen la sustancia de la propuesta republicana. Y si lo hace, los socios de Estados Unidos están en la obligación de expresar a la primera potencia su preocupación por semejante condicionamiento circunstancial.

Pero asumiendo que ese condicionamiento es menor, se debe reconocer el fundamental cambio político que ocurrirá si gana el señor Romney. Especialmente cuando éste imputa fracaso puntual a la Administración Obama en cada emprendimiento en el Medio Oriente y Asia Central con la sola excepción de la eliminación de Osama Bin Laden. Y cuando, al respecto, se urge la reversión de la secuencia de pérdida de oportunidades estratégicas en el Medio Oriente (ganar amigos con valores compartidos en el área) y, de manera complementaria, se demanda, sobre esa base, la restauración de la confianza nacional en la recuperación económica de los Estados Unidos.

Ese cambio implica también que la recuperación económica no está desligada de la reorientación fundamental de las políticas de Defensa, de la posición de fuerza de los Estados Unidos y hasta de sus principios orientadores.

Al respecto se demanda un incremento el poder material norteamericano (la reversión del corte de gasto del Pentágono, la repotenciación de la Marina -cuya capacidad se considera hoy a la altura de la de 1916- y el fortalecimiento de la capacidad misilera de las fuerzas armadas). Y también se reclama atención a la dimensión inmaterial del poder norteamericano: restauración del liderazgo, claridad de objetivos y resolución en el ejercicio de la fuerza.

Ello implica, primero, la alteración de la posición estratégica en el escenario relevante (la prioridad del Medio Oriente donde el riesgo de conflicto se considera mayor al tiempo que la atención a la cuenca del Pacífico parece marginal en el discurso). Segundo, la recuperación de la influencia en él (que se considera deteriorada en contraste con el incremento del antinorteamericanismo en el área y que es consecuencia de la propuesta de Obama de liderar “desde atrás”). Y supone, en tercer lugar, un cambio de principios que orientan el comportamiento (ningún amigo –en este caso, Israel- debe dudar del apoyo norteamericano y ningún enemigo debe creer que Estados Unidos no lo confrontará).

Esta propuesta puede ser imprudente en el sentido de pretender más de lo que se puede realizar (como ocurrió con John Kennedy que ofreció “pagar cualquier precio, soportar cualquier carga, confrontar cualquier privación, apoyar a cualquier amigo y oponerse a cualquier enemigo para asegurar la sobrevivencia y el éxito de la libertad”) pero es real: si el candidato Romney gana la dimensión del escenario del Medio Oriente adquiriría, en apariencia, la importancia de la Europa de la postguerra si nos atenemos al texto del discurso, a su fuente de inspiración (el General Marshall) y a una retórica no lejana de la empleada en la Guerra Fría (ni de la ejercida por el presidente Bush) en la definición de amigos y enemigos como se ha dicho.

En esta perspectiva, la influencia global del Medio Oriente es consistente con el gran marco estratégico que orienta la propuesta de este candidato. Si éste implica la reorientación del curso de acción del siglo XXI y éste nace “en el terror, en la guerra y en la calamidad económica”, el siglo debe culminar, rediseñado por el poder norteamericano en un tiempo de paz y prosperidad.

Ello implica la alteración fundamental del escenario predominante anunciado por el Presidente Obama (la cuenca del Pacífico hacia donde el esfuerzo norteamericano debía reorientarse). Y, además de la restauración de la histórica proximidad con Israel, supone una mayor coacción sobre Irán (en función de su potencial nuclear), el incremento de la cooperación con los países del Golfo y mayor influencia en el Norte de África y el resto del Medio Oriente. Al cabo, hasta la asistencia al desarrollo adquiere un rasero y condicionalidad medidas por las necesidades de ese escenario.

Y si, como hemos reiterado, esta actitud muestra un lenguaje próximo al de la Guerra Fría, éste se evidencia en el apuro por el fortalecimiento militar de la OTAN a cuyos socios, a pesar de la crisis, se reclamará el cumplimiento del aporte de 2% del PBI mientras que la relación con Rusia no admitirá demasiada flexibilidad (y menos en el área de despliegue misilero).

En ese marco lo demás es lo de menos: China no merece mayor atención (salvo por los temores que causa en sus vecinos), la relación con América Latina apenas pasa por el filtro de la confrontación de la asociación venezolana-cubana y el acápite comercial privilegia los acuerdos de libre comercio sobre las negociaciones multilaterales.

Si esta propuesta confronta los pasivos de la política exterior del presidente Obama también discute sus fundamentos anunciados en los discursos de El Cairo (sobre aproximación pacífica a los países árabes), de Praga (sobre la desnuclearización a través de negociaciones globales), de Puerto España, Trinidad y Tobago (cuando, en la cumbre de las Américas, el Presidente aseguró que el pasado de desatención e imposición norteamericana sobre América Latina cambiaría) y el “rebalanceo hacia el Asia” anunciado en 2011. Tal es la importancia del debate de este lunes y de las elecciones del próximo 6 de noviembre.

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