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MARCO DE LA POLITICA EXTERIOR PERUANA

Discurso del Ministro de Relaciones Exteriores, Rafael Roncagliolo, en la ceremonia de inauguración de la VII Asamblea del Movimiento Mundial para la Democracia
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Oficina de Prensa y Difusión
Lima, 14 de octubre de 2012

Buenas tardes. Es para mí muy grato darles la bienvenida y transmitir el saludo del Presidente de la República, señor Ollanta Humala Tasso. Muchas gracias al Comité Directivo del Movimiento Mundial para la Democracia, a la Asociación Civil Transparencia y al Instituto de Defensa Legal por invitarnos a inaugurar esta Asamblea de Lima.

El tema que nos congrega es “Democracia para todos: Asegurando inclusión política, social y económica”. Es un tema muy peruano, muy nuestro. Recordemos que el Presidente Humala ha asumido como su mandato principal la promoción de la inclusión social de todos los peruanos.

Nos conocemos con muchos de ustedes desde la batalla por la recuperación democrática en el Perú, particularmente a través de Transparencia, el Acuerdo Nacional y mi participación en los esfuerzos por elecciones limpias en muchos países de América Latina. Me place en particular darles la bienvenida a Lima a mis amigos de la región y de instituciones de apoyo que nos han sido muy valiosas, como el NDI, el Centro Carter e IDEA Internacional.

Permítanme compartir unas reflexiones personales, no tanto en mi condición pasajera de Canciller del Perú sino, sobre todo, desde mi compromiso inalterable de militante del movimiento por la democracia.

Una primera reflexión pasa por considerar que la democracia es dinámica. Más que una fortaleza a defender, es un ideal a construir; un desafío permanente, una idea que se vuelve ideal por nuestra adhesión. Más que una receta única a aplicar, es un desiderátum al cual acercarse siempre creativamente. Así lo demuestran, entre nosotros y por dar ejemplos, las grandes gestas democratizadoras de la Revolución Mexicana de 1910, la Revolución Boliviana de 1952, o la incorporación indígena producida en años recientes en Bolivia. No hay modelos ni recetas a copiar.

Lo que quiero enfatizar es que cuando hablamos de democracia, hablamos de inclusión y de revoluciones históricas. Es en ese sentido que puede afirmarse que las repúblicas latinoamericanas estamos cumpliendo doscientos años de accidentada tradición democrática. Y lo afirmo desde el Perú, uno de los países de la región en que la desigualdad ha tenido mayor incidencia, cuyo Virreinato fue alguna vez considerado, por Simón Bolívar, como el nudo del imperio español en América del Sur.

El Perú, el único país que es a la vez sanmartiniano y bolivariano, es consciente de que el camino señalado por el ideal democrático es un camino arduo. Sabemos, como nuestros próceres, que la democracia debe ser para todos, pero constatamos que todavía las oportunidades no son para todos las mismas. Es recién en los últimos años que estamos produciendo resultados sustantivos en este ámbito.

En este año conmemoramos el bicentenario de la Constitución de Cádiz, la tercera constitución escrita y la tercera carta liberal del mundo, después de las de Estados Unidos y Francia. De hecho, nuestro proceso de emancipación constituye el capítulo cuarto de la historia de la democracia contemporánea. La reforma parlamentaria británica y la Revolución Gloriosa pueden ser consideradas el capítulo uno. La Independencia de Estados Unidos el capítulo dos. La Revolución Francesa el capítulo tres. El resto de Europa empezó a democratizarse recién en 1848, y gran parte del resto del mundo recién después de la II Guerra Mundial. Las democracias latinoamericanas pueden ser precarias pero no son nuevas.

Cuánta razón tiene Norberto Bobbio al afirmar que el estado natural de un régimen democrático es la transformación. La democracia es dinámica porque los derechos y las obligaciones de sus ciudadanos evolucionan y se reinventan constantemente, junto con los cambios sociales que la realidad impone. La democracia es dinámica mientras que el despotismo es estático.

Paradójicamente, las que hoy día llamamos democracias nacieron con el propósito explícito de evitar la democracia. Así lo manifiestan los textos de sus fundadores, a uno y otro lado del Atlántico. De hecho, la historia de la democracia contemporánea está recorrida por numerosos actores antidemocráticos, interesados en cambiar para no cambiar: Plus ça change, plus c’est la même chose.

Los nuevos regímenes se volvieron democráticos luego, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, al impulso de movimientos populares. Estos movimientos llevaron a los poderes establecidos a la necesidad de aceptar los nuevos pactos políticos, y de desarrollar nuevos principios fundacionales para administrar la cosa pública.

La democracia es ante todo una forma civilizada de resolver las controversias que inevitablemente se producen en cualquier colectivo. Más aun cuando este presenta estructuras inequitativas. La democracia es la forma de gobierno que permite salvaguardar la cohesión social y proscribir los fundamentalismos. Esto a partir de reconocer que las diferencias existen y que la negociación es posible. En tal medida, la ciudadanía debe implicar una disposición a asumir y cumplir compromisos públicos.

Por ello, para una democracia no basta con tolerar al otro, como se ha sugerido desde perspectivas centradas en los derechos individuales. La pertenencia a una comunidad auténticamente democrática nos exige ir más allá: nos exige reconocer el igual valor del otro. Pues es a partir de ese reconocimiento que es posible arribar a consensos con los que sostener procesos inclusivos de desarrollo. Y la inclusión es una condición de la democracia. Es esa la democracia a la que aspiramos.

En América Latina, la promesa democrática de nuestra vida republicana, fue tempranamente proclamada pero no realizada. Hubo sin embargo en esa proclama un principio de consenso que es consustancial a la construcción soberana de nuestras naciones. Un principio fundado en la conciencia de ciudadanía y en la consiguiente disposición a participar de la vida pública, resolviendo nuestras controversias pacíficamente, a través del diálogo y la negociación. Es ello, la resolución pacífica de controversias, y no la ausencia de contradicciones sociales, lo que caracteriza a la democracia.

Por eso, la historia de América Latina puede ser vista, como la vio el argentino Domingo Faustino Sarmiento en el Facundo – una obra escrita en su exilio chileno en 1845 – como una pugna entre la civilización y la barbarie. El siglo XIX fue en mucho el de la barbarie, la implantación del derecho de conquista y el recurso a la fuerza. El siglo XXI debe ser el de la civilización, manifestada en la profundización de la democracia y la resolución pacífica de nuestras controversias.

La complejidad del proceso histórico descrito me lleva a una segunda reflexión que quisiera compartir con ustedes: La democracia no es un hecho unidimensional. En la envergadura de la democracia hay que reconocer por lo menos tres dimensiones: el origen, el funcionamiento y los resultados democráticos.

La primera dimensión, la del origen democrático, se refiere a la constitución de los gobiernos a través de elecciones libres, justas y limpias. Puede parecer paradójico, pero esta dimensión electoral es un componente de la democracia aportado por los regímenes aristocráticos. Lo ha explicado el inglés Bernard Manin en su clásico texto sobre los principios del gobierno representativo. La elección es hasta cierto punto un sustituto de los sorteos o de la rotación diaria que se producía para seleccionar a un presidente en las asambleas de la antigua Grecia, en donde la ciudadanía se restringía a pequeños grupos de personas.

Este hecho histórico por cierto no desmerece en nada la importancia de contar con elecciones transparentes y equitativas, ni su condición de requisito indispensable para la vigencia y legitimidad de la democracia. Pero sí nos permite comprender mejor que la democracia no se reduce a la realización periódica de elecciones limpias y justas.

A propósito, en muchos lugares todavía no tenemos elecciones verdaderamente free and fair. Su subordinación al poder político es grave. También lo es su subordinación al poder económico. En un escenario mediatizado, el juego político tiende a privatizarse y mercantilizarse. En el Perú tuvimos el caso de un congresista que llegó a jurar el cargo, en un revelador lapsus, “por Dios y por la plata”. En relación con esto tenemos que Mario Vargas Llosa ha alertado sobre la espectacularización de la cultura. Años atrás, Giovanni Sartori había analizado la espectacularización de la política, en la que los debates son presentados al ciudadano como peleas de box y las elecciones como carreras de caballos.

Una segunda dimensión de la democracia, complementaria a la de su origen electoral, es la de su funcionamiento constitucional. Este implica la vigencia del estado de derecho, la separación de los poderes públicos, el respeto a los derechos de las minorías y grupos vulnerables, y la defensa de las libertades del individuo frente al Estado. Constituye el aporte del liberalismo a la democracia, que presupone la igualdad ante la ley de una ciudadanía formalmente universal.

Quiero enfatizar la palabra “formalmente” pues la democracia no será tal sin atender a una tercera dimensión que es la de los resultados inclusivos. Una democracia constitucional puede considerarse consolidada cuando la competencia electoral y el respeto al estado de derecho producen resultados por el pueblo y para el pueblo. Al efecto, al voto universal, a la igualdad formal y a las normas y procedimientos que protegen al ciudadano de posibles abusos del Estado, debe añadirse niveles aceptables de justicia, bienestar y educación para todos. El contenido fundacional de las democracias fue, antes que la realización de elecciones o la división de poderes, la aspiración a la igualdad de los ciudadanos libres.

En suma, como planteaba Antony Giddens, hay que democratizar la democracia. Las democracias estables no lo son por su antigüedad sino por la inclusión que producen. De ahí la importancia del tema que nos congrega: No hay democracia sin inclusión. No hay democracia sin norte igualitario. Y no hay desarrollo sostenible tampoco. Así lo ha demostrado, por ejemplo, la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina – CEPAL en el documento titulado La hora de la igualdad (2010), cuya continuación ha sido recientemente presentada en San Salvador.

Todo lo anterior me lleva a una tercera reflexión: Como ha señalado Norberto Bobbio, hay democracia cuando los poderes democráticos prevalecen sobre los poderes fácticos, cuando la esfera pública no es absorbida por los intereses particulares de los poderosos. De cara a ello, el movimiento por la democracia es en esencia un movimiento de defensa de la esfera pública, del papel de los partidos políticos y de la sociedad civil.

Tengo una cuarta reflexión: Siguiendo a Giddens, no basta con un sistema político formalmente democrático. Hay que democratizar todos los ámbitos de la vida en común, a partir de una cultura democrática capaz de abarcar problemáticas tan diversas como las planteadas por los derechos de la mujer o los derechos de los pueblos indígenas, por mencionar dos asuntos prioritarios para el gobierno del Presidente Humala.

Y en el mismo sentido tengo una última reflexión: En un mundo global no se puede restringir la acción democratizadora a la esfera de cada país aislado. Fenómenos como el crimen organizado transnacional, el terrorismo, el gobierno de los mercados globales o el cambio climático son problemas globales. En un mundo global es imperativo democratizar la agenda y el sistema internacionales, este último fosilizado en el orden establecido por la II Guerra Mundial. Necesitamos que nuestras democracias se muevan también hacia una democracia mundial. Que seamos conciente de que nuestros derechos y obligaciones en tanto ciudadanos también dependen, cada vez más, de instancias internacionales y transnacionales. No se entendería que un movimiento mundial por la democracia ignore, por ejemplo, la necesidad de reformar el sistema de Naciones Unidas.

En esa dirección, doscientos años después de nuestra Independencia, parece llegar la hora de América Latina. Tenemos algo que decirle al mundo. En particular, en América del Sur venimos trabajando en construir consensos en los cuales fundar la paz, la civilización y el progreso. Los bloques regionales emergentes estamos actuando como sindicatos de los países del Sur, para contribuir a la democracia internacional.

Y creo que si miramos con justicia lo que ocurre en la región – con sus manifestaciones diversas, contradictorias, no siempre felices – veremos una suerte de gran fermento, de gran efervescencia en la que estamos ensayando enriquecer la democracia. Estamos pensando en nuevas formas de democracia, o las maneras de extender y profundizar la democracia. Uno puede estar de acuerdo con unas y en desacuerdo con otras, pero aquí hay un esfuerzo colectivo de imaginación y creación constructiva. Compartimos un ideal por perseverar y prevalecer en nuestras mejores tradiciones. Con ello renovamos nuestra identidad de Patria Grande, pensando en proyectarnos juntos hacia el mundo, como bloque regional integrado, democrático e inclusivo. Nuestra integración se plantea en esos términos. Porque, como dice el Presidente Humala, solos podemos avanzar rápido, pero juntos podemos ir mejor y más lejos.

En ese proceso, por supuesto, tenemos como referente a la Unión Europea, muy merecidamente reconocida con el premio Nobel de la Paz. Este nos recuerda que, a pesar de la coyuntura de crisis, se sostiene y se proyecta hacia el mundo una voluntad política por integrarse en función a valores compartidos – precisamente los de la democracia y la inclusión – para servir no solo al propio interés sino para resolver problemas que son de todos.

En ese espíritu, al asumir la Presidencia Pro Tempore de la Unión de Naciones Suramericanas – UNASUR, el Perú ha planteado que la democracia y la inclusión social son consustanciales a nuestro proceso de integración. Por lo pronto hemos creado, como una iniciativa peruana, el Centro de Estudios sobre la Democracia – CEDEM, para pensar desde nuestra propia identidad democrática la institucionalidad que los pueblos de América del Sur merecen y demandan, y a partir de ella participar también de las cuestiones globales que ciertamente nos atañen.

Una vez más, bienvenidos. You are welcome. Soyez le bienvenue. Mar daban. Dobro pozhalobat. Nimen hao. Es para mí un gran honor declarar inaugurada la Asamblea de Lima del Movimiento Mundial para la Democracia.

Muchas gracias.
Discursos(15/10/2012)

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