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EDITORIAL

El chavismo, su herencia y significado

Alejandro Deustua
8 de marzo de 2013

El luto de los deudos políticos y personales de Hugo Chávez ciertamente debe ser respetado. Pero también debe distinguirse el hecho natural que lo motiva del acto político con que el ex -presidente, su gobierno y aliados construyeron el escenario de ese duelo (tan explícito en el embalsamamiento y la comparación con Eva Perón y Lenin) y la dinámica de poder que deberá desarrollarse en el corto y largo plazo en Venezuela.

A ello autoriza el hecho de que la reelección del ex-presidente en octubre pasado, teniendo los votos suficientes, fuera ganada también con el concurso del sentimiento popular impactado por la enfermedad presidencial. La irresponsabilidad de un presidente que se hace reelegir sabiendo que no podrá gobernar –o que lo haría por poco tiempo- es un primer hecho a tener en cuenta en esta evaluación.

Tal ambición de poder, que se articuló entre muy pocos y que ahora se implementa entre tantos, es correspondiente con el rol que Chávez quiso para sí, su país y para América Latina: no soltar el gobierno aún después de fallecido, consolidar la captura pseudosocialista del Estado y arraigar una esfera de influencia con pretensiones de bloque de poder de trascendencia extrarregional.

En el desarrollo del primer propósito Chávez debilitó a Venezuela mientras que su mayor logro, la movilización social contestataria, da cuenta sólo de su mitología y olvida la precariedad de sus fundamentos. Y en la implementación del segundo objetivo, Chávez logró primero la desestabilización regional quebrando el consenso liberal en el área, expandió luego su área de influencia y organizó, finalmente, un polo de poder con Cuba que complicó notablemente la inserción externa regional. Éste atrajo sobre América Latina una conflictividad ideológica que había desaparecido y creó un nuevo centro de inestabilidad geopolítica en Suramérica y el Caribe de pretensión global.

Es evidente que el cambio del orden interno venezolano consagrado en la constitución de 1999, se hizo con la anuencia mayoritaria de sus ciudadanos. Para el Estado ello involucró algo más que la alternación de las normas fundamentales: supuso también el cambio de nombre de la república, de sus símbolos y de sus tradiciones políticas. Para la Fuerza Armada ese cambio supuso complementar la lealtad al Estado con la profesada a una nueva ideología y a la autoridad personal del comandante Chávez. Para el Tribunal Supremo, encargado de la implementación del estado de derecho, el nuevo orden implicó la oscurantista y explícita afirmación de que la división de poderes genera inseguridad estatal. Y para la Asamblea Nacional, encargada construir el estado de derecho, el cambio supuso el sometimiento de la mayoría parlamentaria a la voluntad presidencial al punto de delegarle funciones legislativas con prontitud por largos períodos (hasta de 18 meses) así como la ridiculización del adversario desorganizado (y eventualmente ausente, por torpe decisión propia, del poder Legislativo).

Los factores que definen una dictadura estuvieron presentes en el cambio de orden estimulado por el gobierno de Chávez aunque su formato haya sido autoritario. Para defenderlo se recurrió a las masas abusando del referéndum (uno de los cuales perdió) y al paramilitarismo: al estilo totalitario, milicias formalmente adheridas a las fuerzas armadas se hicieron dependientes de la presidencia. Es este populismo de vocación dictatorial que medios importantes de la prensa norteamericana y europea describen, con cierta admiración póstuma, como virtudes de la energía personal y de la voluntad (de esas virtudes el fascismo y el comunismo han tenido varios ejemplares la historia reciente).

Tales elogios de cobertura confirman la existencia de una fenomenología mitológica que ha superado de largo a ese artificio ideológico denominado “socialismo del siglo XXI” (la obra magna de Heinz Dietrich Steffan). Esta fenomenología es el “chavismo” que el transitorio gobierno venezolano pregona y que su principal autoridad acaba de transformar en identidad personal (“yo soy Chávez” dice haber exclamado el encargado de la presidencia con cálculo bien estudiado).

Ese “chavismo” no se distingue del que incrementó la dependencia petrolera venezolana (90% de las exportaciones, 50% de los ingresos y 30% del PBI según fuentes norteamericanas), de una inflación que supera el 20% (y que en 2010-2011 llegó a 28%), de la ruina del clima de negocios, de la fuga de capitales, del amedrentamiento de la inversión privada, de las arbitrarias y numerosas nacionalizaciones y del mal uso de la política cambiaria como complemento del constante incremento del gasto.

El “chavismo” tampoco puede distinguirse de la persistencia de la vulnerabilidad económica venezolana. A pesar de la retórica antiimperialista, Venezuela no ha logrado ni diversificarse económicamente ni desprenderse de Estados Unidos como primer mercado exportador (40% de las exportaciones totales) y principalísimo proveedor (29% del total de sus compras) cuando la primera potencia se enrumba a la independencia energética.

Es más PDVSA, que depende estructuralmente de ese mercado, no logró que el dueño de las mayores reservas de petróleo del mundo (según el “chavismo”) se haya convertido en el agente financiero del inmenso gasto público venezolano antes que en una sana empresa pública. En lugar de esto último, PDVSA devino en un proveedor de petróleo barato para Cuba (110 mil barriles diarios) y otros miembros de Petrocaribe añadiendo a esos subsidios los que presta a los programas redistributivos venezolanos a través de las denominadas “misiones”. En esa medida, el “chavismo ha hecho de PDVSA una fuente de poder partidaria que dilapida los recursos de todos los venezolanos.

Es bajo estas condiciones que la economía venezolana crecerá en 2013 apenas 2.5% sustentado en más gasto público y endeudamiento (que, internamente, creció el año pasado 60%) con una inflación que la CEPAL estimó en 18.5% para el 2012 en un marco de contracción de la producción petrolera (que ese año fue de -0.7% por falta de inversión). A pesar de los altos precios relativos del petróleo, Venezuela no ha podido producir riqueza petrolera.

En este escenario de deterioro general que el gran activo del “chavismo” fue la reducción de la pobreza que ha caído de 32.6% en 2008 a 31.9% en 2011 (Banco Mundial). Ese logro, no demasiado extraordinario, debe complementarse con la más llamativa labor social de las misiones.

En conjunto ello explica la inmensa popularidad de Chávez basada, a su vez, en genuina preocupación social y alevosa propaganda (incluyendo la más coactiva y la obligación de transmisión de maratónicos discursos) con que reclamó su paternidad. Sin embargo, aquélla es compensada hacia abajo por el altísimo nivel de la inseguridad ciudadana que se expresa en una tasa de homicidios de 49 por mil habitantes según el Banco Mundial (una de las más altas del mundo y la mayor de Suramérica).

En un marco de bajo desempleo formal urbano (8%) que esconde una gran informalidad y falta de creación de empleo adecuado que no sea el que patrocina el Estado, el “chavismo” deja una crisis social, económica y política de gran potencial confrontacional. El nuevo gobierno oficialista (la oposición no tiene ninguna posibilidad de triunfo) deberá atajarla procurando estabilizar la economía (lo que puede generar mayor conflicto social) u optar por prolongarla estirando las menguadas capacidades redistributivas del Estado.

Mantener ese gobierno será difícil. Al respecto es necesario preguntarse por la cohesión de la Fuerza Armada (una de cuyas facciones avaló inicialmente el golpe de 2002) que ha sido forzada a la militancia ideológica y a la aceptación de la influencia cubana. Sus jefes han pedido “unión nacional” pero …..en nombre del socialismo “chavista”. La Fuerza Armada, que es un puntal estructural del régimen, puede tener varias fisuras ocultas detrás de las distintas facciones y liderazgos que la organizan que quizás tiendan a agrandarse con el tiempo.

Por lo demás, si el “chavismo” se resumiera en el PSUV (que es una síntesis de partidos y grupos políticos -desde el chavista Movimiento V República pasando por grupos sociales ad hoc, partidos radicales como el Movimiento Tupamaro y partidos ortodoxamente marxistas como el Partico Comunista-) su líder funcional, quizás el Sr, Maduro, difícilmente podrá articularlo sin las atribuciones del líder carismático propias de Chávez.

En el lado de las oportunidades, falta saber si el “chavismo” está dispuesto a una cierta apertura y si lo hace al lento ritmo cubano o al más urgente que piden las circunstancias. Si no lo está y se decide por volcarse sobre sí mismo, agudizará la polarización que sólo un gobierno de salvación nacional atemperaría.

Si estas son, grosso modo, las credenciales internas del “chavismo” y su gobierno, las externas del Estado bolivariano están referidas a su posicionamiento en el mundo, en la región y, a la luz de su aspiración geopolítica, a los temas convencionales del poder.

La centralidad de Venezuela en su área de influencia sólo puede ser cuestionada por su par y aliado preferencial: Cuba. Esa alianza depende en muy buena cuenta del asimétrico intercambio de petróleo (110 mil barriles diarios) por asistencia militar, de inteligencia, estratégica y médica. La caída de la URSS que privó a Cuba de un aporte de alrededor de miles millones en subsidios anuales, está todavía fresco en la memoria de las autoridades cubanas que sobrevivieron a la Guerra Fría. Difícilmente, en consecuencia, esas autoridades se avendrían a un recorte de la asistencia petrolera venezolana solo a cambio de mantener su presencia en Venezuela.

Si el gobierno venezolano decidiera reorganizar su economía, la interacción cubano -venezolana adquirirá otro matiz que, sin alterar la relación especial, atenuaría su entusiasmo y el contenido de cooperación. Si en ella el factor norteamericano jugase un rol éste debería desarrollarse con mayor agilidad.

En efecto, la primera potencia ya ha dejado saber al gobierno venezolano que éste no es una amenaza para Estados Unidos y, en consecuencia, ha expresado su disposición a comprometerse en un diálogo que atenúe fricciones y, de alguna manera, conduzca a la normalización de relaciones diplomáticas (tantas veces intentadas). Esta posición se ha tomado a pesar de las irresponsables relaciones de Venezuela con Irán y Corea del Norte, de las que pretendieron un nuevo escenario estratégico balance en el Caribe llamando a Rusia, China y Bielorrusia a presionar el norte de Suramérica, al juego del balance de poder con las dictaduras de Noráfrica y a las subversivas (y hoy revertidas) relaciones con las FARC.

Por lo demás, Estados Unidos ha hecho evidente a Cuba su intención de atemperar los efectos del bloqueo en el marco de una apertura cubana que, sin embargo, sigue siendo gestionada por la ortodoxia marxista. De tener éxito, esta interacción obviamente conducirá a un relajamiento de las tensiones en el Caribe con proyección en América del Sur.

Sin embargo, las necesidades de legitimidad popular del nuevo gobierno venezolano y de mostrar fortaleza en la transición pueden conducir, como en el pasado, a nuevas escaramuzas diplomáticos que arruinen el escenario anterior y polarice aún más la situación.

En el marco del ALBA, cuya influencia es real pero atenuada, es probable que las peculiares motivaciones del Presidente Morales traten de bloquear cualquier tipo de apertura venezolana-cubana-norteamericana. Sin la estatura ni el poder de Chávez, Morales no podrá atajar ese desarrollo si éste estuviera en camino. Pero, de manera supletoria, Morales quizás persista en su intento de preservarse como el disminuido reservorio de lo que él entiende como la herencia del chavismo indígena en Suramérica. Y en consecuencia se comportará con el propósito de no perder la “solidaridad” con Venezuela –que es también de seguridad- y el poder que deriva de esa asociación. Para ello, Morales puede pasar de la victimización al renovado activismo social trasnacional generando inestabilidad en heartland suramericano.

En ese contexto, Ecuador cuyo presidente (pero no su Estado), tiene la fortaleza y la formación necesarias para pretender el liderazgo del ALBA está al tanto de los beneficios que derivan de una buena relación con Colombia, Perú y Brasil en simultáneo. Sin descartar nada, ese país girará menos en la órbita venezolana.

Como resultado, la región podría disponer de una más fluida influencia brasileña (que tendría que balancear menos a Venezuela) y de una tendencia a la recomposición del vínculo con Estados Unidos esmerándose Brasil menos en entintarse con un más radical izquierdismo de circunstancias. Ese intento puede descomponerse, sin embargo, si los asesores del PT convencen al gobierno brasileño de las bondades de asumir el tipo liderazgo que Venezuela hoy no puede ejercer y de restablecer una relación ortodoxa con Cuba.

En un contexto internacional que se presta a la reemergencia de populismos y nacionalismos estimulados por la crisis, la condición estructural con que interactúan los factores de poder en la órbita venezolana pueden empeorar las cosas. En ese caso, el escenario de las oportunidades debe considerar la eventualidad de un encadenamiento de desórdenes nacionales que acabe con lo que queda de estabilidad en el norte de Suramérica por lo menos.

Ni Perú, ni Brasil ni Estados Unidos están ansiosos de que ello ocurra. Y menos que la mitología del “chavismo” cunda en la región. Pero éste es un supuesto que algunas emociones pueden probar errado.

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