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EDITORIAL

La relación franco alemana y el Tratado del Elíseo

Alejandro Deustua
24 de enero de 2013

Si en la Unión Europea no sobran hoy motivos de celebración, recurrir al pasado es una alternativa legítima para restaurar el optimismo. Especialmente si lo que se celebra –el cincuentenario de la reconciliación franco-alemana- fue uno de los acontecimientos estratégicos más importantes del siglo XX. Festejarlo hoy tiene sentido además porque ese vínculo sigue siendo fundamental para la Unión Europea y porque, en tiempos de sobrevaloración de la alternativa federalista en Europa (hoy nuevamente cuestionada por el Reino Unido), es bueno recordar la interacción vital de Estados como Francia y Alemania que, cuando la constituyeron, no aspiraban a una Europa transnacional.

Si ambos estados fueron causantes o principales protagonistas de los conflictos más violentos de la historia de la humanidad, conviene registrar también que esos mismos estados articularon su última gran etapa de renacimiento. Así ocurrió con el acuerdo franco-alemán de 22 de enero de 1963 suscrito en el palacio del Elíseo. Ese acuerdo político declaró el fin de la confrontación secular entre las dos principales potencias continentales de la Europa occidental, otorgó viabilidad sustancial al futuro de la Comunidad Europea y consolidó la decisión de ambos Estados de agregar a la cooperación emergente la solidaridad entre sus ciudadanos.

Como todo acuerdo político, su vigencia dependió de su inmediato contexto (el escenario provisto por el fin de la 2ª guerra en 1945, la suscripción de los tratados de Roma en 1957 y la necesidad de minimizar los términos de la Guerra Fría) y de la voluntad política de las partes (Charles De Gaulle que, personificando a la 5ª República, supo interpretar las necesidades del status de Francia y las oportunidades que brindaba Alemania para el ejercicio de su nuevo rol; y Konrad Adenauer que comprendió que la necesidad alemana para restaurar la integridad de su Estado pasaba por la buena disposición de Francia y de un adecuado contexto europeo).

Así, el ánimo gaullista de recuperar el poder y el rol de gran potencia en Europa y la tenacidad de Adenauer en crear las condiciones para la reunificación nacional redefinieron en convergentes intereses eventualmente divergentes en torno a la reconstitución del centro de gravedad europeo. Pero aquellos intereses vitales, devenidos también de la necesidad de cancelar entre las partes la guerra catastrófica (la guerra franco-prusiana y las dos guerras mundiales), ciertamente no anularon divergencias esenciales.

En el caso de Francia, la restauración del poder tan vinculada a la recuperación del Estado implicaba un rol principal en la construcción de una Europa “del Atlántico hasta los Urales” que permitiera cambiar los términos de la Guerra Fría: el predominio soviético-norteamericano debía admitir un escenario europeo en el que el poder francés procurara, con autonomía identificada con Occidente pero más desligada de Estados Unidos, una tercera posición. La participación alemana era fundamental para ese designio que Francia lideraría y al que Alemania contribuiría materialmente.

En el caso de Alemania, la recuperación de la integridad territorial implicaba no sólo denegar el reconocimiento de la partición del Estado que requería la Unión Soviética (y que, luego, la detente concretaría) sino confirmar las seguridades que brindaba Estados Unidos a través de su presencia en Europa y de su liderazgo en la OTAN. Especialmente si Alemania, incapacitada para asumir su propia defensa, debía procurarla a través de la Alianza Atlántica.

Estas divergencias influyeron determinante en visiones diferentes de la integración europea: Francia deseaba una Europa de estados nacionales articulados económicamente (y también en materia de seguridad, instancia que ya había fracaso en el parlamento francés a principios de los 50) en torno al centro franco-alemán pero liderada por ella. En ese momento la idea de cesión de soberanía a terceros (que no formaran parte de elementales reglas de juego) no sólo no era aceptable sino que la “unidad de Europa” no se entendía como unión económica ni política (aunque la teoría correspondiente ya estuviera desarrollada). Y Alemania deseaba una integración donde su economía pudiera crecer beneficiando al conjunto (es decir, en el marco de una unión aduanera quizás evolucionada a una instancia superior de integración económica que no generara mayores reservas) para facilitar su recuperación soberana. La idea de cesión de soberanía al amparo de la idea federal se consideró después de la consolidación soberana alemana lograda con la reunificación.

Estas divergencias se proyectaron en el largo plazo en un escenario donde la distribución de poder entre Alemania y Francia fue cambiando, en su dimensión económica, a favor de la primera. Esta dinámica se intensificó dramáticamente con la reunificación alemana en 1990. Tal escenario puso nuevamente de manifiesto la importancia de la relación franco-alemana en el escenario europeo: si Alemania reunificada iba insertarse en Europa minimizando su impacto desestabilizador, Europa debía poder absorberla.

Pero Europa no disponía de capacidad absorción suficiente. En consecuencia había que crearla donde esto fuera posible. Y la posibilidad surgió, como siempre, en el ámbito institucional: el tratado de Maastricht de 1992 estableció el progreso de la integración hacia la Unión Europea sostenida en tres pilares (el comunitario, el de la política exterior y seguridad común –PESC- y el de justicia y asuntos internos). El primero consolidó los acuerdos de integración precedentes y agregó la Unión Económica y Monetaria que culminaría con la constitución del Banco Central Europeo y el lanzamiento del euro. La profundización de la integración europea había sido redefinida por la iniciativa innovadora de Francia (Delors) y condicionada por la renovación económica y geopolítica de Alemania.

La relación franco-alemana, sin embargo, contribuía ahora a la integración como instrumento de gestión de una innovación estratégica en Europa antes que para implementar una visión previamente establecida. El cambio estructural producto de los acontecimientos fue entonces más enmarcado que generado por la relación franco-alemana a diferencia de lo ocurrido en 1957 o 1963. La práctica de “a más crisis más integración” se había instalado.

A pesar de que la relación franco-alemana devenía así en más inercial y reactiva, su influencia y peso (ya con valencias alteradas) siguió siendo determinante. Y lo sigue siendo hoy día: Alemania, que es el segundo exportador mundial, es el primer socio comercial de Francia (a la que aquella exporta el 10% del total de sus ventas según Diplomatie) y aunque Francia ha sido superada por Holanda como exportador europeo (ref. 2011), su tercer puesto agrega valor tanto por un comercio de bienes de capital y de tecnología como por la inversión mutua (Alemania es el 5º inversionista en Francia y Francia el 4º en Alemania).

Y si Francia es una gran potencia militar (3.6% del gasto militar total y 5º en el mundo) y es Miembro Permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, Alemania representa 2.7% de ese gasto ubicándose en el 9º lugar mundial según el SIPRI (2011) y podría ocupar próximamente un sitio permanente en el Consejo de Seguridad.

Hoy, en tiempos de crisis la importancia y el buen funcionamiento de la relación franco-alemana es fundamental. Pero ésta está en declive: Francia no está preparada para contribuir con el crecimiento europeo (el FMI proyecta su crecimiento de 0.3% este año en un escenario recesivo) y Alemania, a cargo de un liderazgo mayor, ha reducido su perfomance (0.6% de crecimiento esperado para ese año). Por lo demás, entre la austeridad reinante y el estímulo alternativo, sus líderes tienen visiones distintas sobre las políticas necesarias para salir de la enorme crisis que atrapa a Europa.

Si el declive de Francia continúa y Alemania no contribuye a rebajar los costos del ajuste, la Unión Europea no saldrá del atolladero y la relación franco-alemana pagará costos estructurales por ello. En términos circunstanciales de ello ya hay noticia en Mali donde Francia lidera una intervención antiterrorista de primera necesidad que Alemania no acompaña en el terreno. Las relaciones especiales entre Estados ciertamente pueden ser cambiadas por las circunstancias y, por tanto, dejar de ser ejemplo para el mundo cuando más se las necesita.

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