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EDITORIAL

Intereses geopolíticos en el vacío de poder ucraniano

Alejandro Deustua
28 de febrero de 2014

Vive Ucrania una revolución, un golpe de Estado o un vacío de poder?
La pregunta no es académica y la respuesta lo es mucho menos a la luz de la gravedad de la crisis que padece ese país de Europa del Este.

Si la huída del presidente Víctor Yanukovich obligó al Parlamento a designar un gobierno interino (que saludó a la prensa con la frase “bienvenidos al infierno”) y éste estuviera a cargo de una revolución, un nuevo orden interno guiado por ciertos parámetros reconocibles debería estar gestándose.

En lugar de ello, reina en Ucrania una total anarquía generada por la falta de gobierno legítimo, de instituciones creíbles y por unas fuerzas armadas que, inertes, quizás hayan sido salpicadas por los excesos de la intensa represión reciente. En este contexto, que la corrupción ha minado adicionalmente, las fuerzas en pugna han radicalizado sus posiciones. 

Así, a pesar de que habrá elecciones próximamente (en mayo quizás), las tendencias del separatismo se han fortalecido, la animosidad intra -regional se está escalando beligerantemente y el riesgo de intervención extranjera es real (Rusia ha desplazado alrededor de 150 mil efectivos que han realizado maniobras en las proximidades de la frontera con Ucrania y sus fuerzas especiales quizás ya operen dentro de territorio ucraniano).

Por lo demás, tampoco ha habido un golpe de Estado en ese país. De haberlo habido, un dictador o un encargado dispuesto por los rebeldes estaría a cargo. Lo que ha ocurrido es que, en el marco de las protestas de Kiev y del repudio de los ucranianos occidentales a Yanukovich,  el ex –presidente simplemente ha fugado luego intentar cambiar el alineamiento del Estado de un día para el otro y de mostrar total impotencia para imponer la autoridad  ya no sobre Kiev sino sobre el resto del país donde la población  identificada con Rusia es mayoría.  El desorden es aún mayor el desaparecido Yanukovich ha transmitido “desde alguna parte” que aún retiene el cargo.

Este conjunto de hechos ha generado un enorme vacío de poder en Ucrania donde los pro-occidentales de la plaza Maidan carecen de liderazgo único y su militancia no puede discernir plenamente entre ciudadanos comunes, militantes, extremistas y delincuentes.

Esa situación no descalifica en absoluto a los ucranianos que luchan por una sólida vinculación con la Unión Europea en busca de un futuro que, además de consolidar su identidad, afirme su base económica.

Como tampoco descalifica a los ucranianos “étnicamente”  rusos (51% según un censo del 2001) en buena mayoría vinculados, por lo menos emocionalmente, con la Iglesia Ortodoxa rusa y  con los usos y costumbres de la Rusia soviética y de su historia anterior.

Pero la legitimidad de estas colectividades no implica que entre unas y otras haya disposición suficiente para mantener a Ucrania unida. Y es que la idea del interés general parece haber sido seriamente afectada en las confrontaciones de Kiev.

Esta situación es bien diferente a los procesos secesionistas que han operado y siguen presentes en el marco de la Unión Europea. En el caso de  Checoeslovaquia, la UE aprobó la escisión de  entidades enclavadas en el corazón de Europa Central y está reaccionando con cautela y estableciendo prevenciones frente  los apetitos separatistas de catalanes y escoceses en España y el Reino Unido.

Por lo demás, estos procesos pacíficos y parlamentados son bien distintos a los que llevaron a la barbarie que marcó la desintegración yugoslava y que indican que en la periferia de Europa aún se pueden producir las mayores atrocidades. Éste –y no el anterior- es el rasero con el que debe medirse la situación de riesgo en Ucrania.

Por lo menos dos razone amparan esta afirmación. La primera es de carácter estrictamente interno: en Ucrania no existen aún movimientos separatistas que puedan expresar su opinión a través de movimientos políticos legales capaces de dialogar en el ámbito parlamentario.

La segunda es sobre todo estratégica: Ucrania tiene una importancia geopolítica de enorme impacto externo (además de local) de la que carecen obviamente entidades periféricas y menores como Escocia o Cataluña o la antigua Checoeslovaquia. En efecto, su destino es de importancia vital para el futuro geopolítico de la Unión Europea, Rusia y Estados Unidos.

El asunto es fundamental, primero, para el Estado ucraniano. Idealmente éste aspira –o aspiraba-  a una reconciliación quizás a través de una nueva configuración política (una federación, por ejemplo). Y, como es natural, se resiste a la pérdida de regiones fundamentales, como Crimea (de tendencia pro-rusa que fue entregada a la soberanía ucraniana por Nikita Kruschev recién en 1954 y que ahora reclama también derechos autonómicos).

Al respecto, debe recordarse que Ucrania y Bielorrusia (los dos estados de la URRS quizás más vinculados a la antigua Rusia imperial) fueron fundadores de la ONU y, en consecuencia, tuvieron derecho a voto formalmente distinto del que correspondía a la Unión Soviética (aunque firmemente alineado con esa ex -superpotencia).

Además, el futuro de Ucrania no tendrá consistencia política al margen de los intereses de Rusia por razones demográficas, culturales, políticas y económicas que vinculan a ambas sociedades (esta condición es la que, en el extremo político, los pro-occidentales de Kiev quisieran minimizar).

De otro lado, a pesar de la heterogeneidad social ucraniana y antes de las revueltas, ese Estado ha desarrollado intereses geopolíticos que implican una vinculación con Europa que no pasa necesariamente por la asociación con la Unión Europea ni con la OTAN. Tal es el caso del vínculo que Ucrania, como Estado del Mar Negro, quiso desarrollar con los Estados bálticos (también de reciente filiación soviética aunque ahora se inscriban en la Unión Europea) consolidando una subregión intermarítima que comprometiese, además de Lituania, Estonia y Letonia, a potencias de Europa Central como Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Alemania.  Esta subregión tendría como escenario periférico de influencia a Turquía, Rumanía, Bulgaria y Moldavia (Koroma).

Este espacio geopolítico daría a Ucrania una dimensión europea propia cuyos fundamentos la presentarían frente a la Unión Europea y la OTAN menos como entidad periférica de disputa fundamental para el dominio de Eurasia (como hoy ocurre) que como un espacio de gran valor estratégico propio con  influencia real sobre Europa Central y sobre Eurasia a la vez.

No es difícil concluir que ese ámbito de influencia tendría para Rusia un interés incrementado y de carácter fundamental  para consolidar el lado europeo de su identidad euroasiática.

Por lo demás, el planteamiento no era un sueño geopolítico más: al final, el mayor Estado europeo emergente en el área –Polonia- tuvo un rol importante en las conversaciones que Alemania, Francia y Polonia acaban de sostener con el gobierno y la oposición ucranianos. Brzezinski ya había anunciado, hacia finales del siglo pasado, que un escenario similar se plantearía por estos tiempos.  

Ello no implica, por cierto, que los intereses rusos y ucranianos fueran idénticos en la materia en tanto Ucrania desea disminuir la fuerte dependencia de Rusia como país tránsito de hidrocarburos. Esta última deriva del rol que cumple el territorio ucraniano para consolidar la oferta energética de Rusia y la demanda europea de gas. Si bien la posición geográfica ucraniana le permitía lograr precios de aprovisionamiento especiales, la vulnerabilidad a la presión rusa es intensa (especialmente cuando buena parte de la generación de energía nuclear de Ucrania está también vinculada a Rusia mientras nuevos ductos –como el North Stream- permiten a esa potencia marginar a Ucrania del tránsito del gas ruso a Alemania). A pesar de ello, Ucrania guarda una carta de independencia energética –el shale gas- que, sin embargo, sólo podrá jugar en condiciones de cohesión nacional y estabilidad política que potencien la demanda interna. 

De otro lado, si bien la Unión Europea puede carecer de intereses geopolíticos clásicos porque no es un Estado, es claro que tiene intereses económicos y políticos  en una asociación e integración económica con Ucrania. La importancia de este instrumento occidental fue potenciada por las recientes negociaciones para profundizarlo y por la sensación de traición que los ucranianos occidentales sintieron cuando Yanukovich suprimió esa formalización impulsado por la oferta rusa de US$ 15 mil millones para “facilitar” la plena incorporación ucraniana a la asociación aduanera con Rusia, Bielorrusia y Kazajstán.

Si la influencia de la integración de Ucrania con la Unión Europea se pudiera medir sólo en expectativas de bienestar para la población ucraniana (especialmente para la occidental), éstas parecen mayores que la que ha proporcionado un vínculo inicial con la OTAN. Éste se materializó en 1997 a través de la Comisión OTAN-Ucrania y fue implementado con la participación de Ucrania en las campañas de Kosovo y Afganistán y en ejercicios conjuntos contra la piratería el año pasado.

Esa cooperación tenía un horizonte superior que Rusia siempre consideró como un peligro porque implicaba no sólo la expansión de la OTAN sino que ésta llegara hasta sus propias fronteras. Hoy la OTAN ha expresado su deseo de mantener la cooperación democrática con Ucrania desarrollada a través de reformas del sector Defensa, mayor cooperación militar y el control civil del sector de seguridad ucraniano.

Esa cooperación está hoy en juego mientras la presión militar rusa se fortalece a contramano de la pérdida momentánea de la alternativa civil ucraniana.

Estados Unidos, por su lado, ha jugado un rol en la crisis ucraniana urgiendo a las fuerzas armadas de ese Estado a que persistiesen en su no involucramiento en los desarrollos represivos que conducían las fuerzas del orden interno. Mientras la policía reprimía, las fuerzas armadas de Ucrania se limitaban a la protección físicas de sus capacidades y a exigir al gobierno el fin de la crisis. Estados Unidos no fue oficialmente, en apariencia, más allá de reiterar su interés de que Ucrania  mantuviera la relación especial con la OTAN (ello quizás haya facilitado la operación de fuerzas especiales rusas en territorio ucraniano).

Pero es claro que Estados Unidos desempeña un rol estratégico en la zona (como ante lo hizo con el despliegue de capacidades de defensa antimisiles). Y éste está vinculado a la necesidad de incrementar su influencia en los desarrollos euroasiáticos (a cuyo escenario Brzezinski prestó tanta atención como la que plantearon los geopolíticos clásicos en la materia).

Así, si el “reset” asiático, el rol norteamericano  en el Medio Oriente y su continuidad como superpotencia está vinculado al desempeño de un rol condicionante en los escenarios principales, lograr una posición condicionante en la disputa por Europa del Este como forma de influenciar Eurasia es fundamental para la primera potencia.

Si ello implica un incremento de la fricción con Rusia quizás el resultado no sea tan malo para esta última si el predominio ruso sobre Ucrania permite luego una relación fluida con la Unión Europea. Ello garantizaría la dimensión europea de su identidad  eurasiática como base de su pretensión de desempeñar, nuevamente, un rol global.

Para contribuir a ello, quizás Rusia desee hacer efectiva la oferta de facilitar a Ucrania US$ 15 mil millones que, de manera complementaria a la asistencia que podría prestar el FMI (The Economist) pondría un piso financiero a un país que está al borde de la quiebra.

Las condiciones rusas serían claras: Ucrania no se divide, Crimea no es apremiada, la base de Sebastopol se mantiene y se reconoce el derecho de Rusia a una relación especial que compense, desde una posición superior, la que Ucrania deba mantener con la Unión Europea.

En el área unos y otros tendrán que desescalar posiciones maximalistas (lo que implica calmar los ánimos de los ucranianos pro-occidentales y pro-rusos extremos a través de algún referéndum sensato).

América Latina, que no desea preocuparse por sus propios miembros (Venezuela) y que sólo expresa silencio sobre la crisis de Europa del Este sufrirá las consecuencias expresadas en mayor marginación global.

 

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