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EDITORIAL

Ucrania: un brumoso conflicto

Alejandro Deustua
4 de marzo de 2014

La lucha por el control de Europa del Este se ha escalado. De las calles de Kiev, de donde surgió el movimiento que logró la caída de un gobierno incapaz, se ha pasado a una intervención de fuerzas rusas en Ucrania.

Dada la velocidad de la escalada y de sus resultados (el quiebre del orden interno y externo en el área con perspectivas sistémicas), la preocupación colectiva, que implica la atención de intereses también singulares, no puede ser calificada como menos que razonable. Ésta se expresa, en diferentes foros para que la independencia, soberanía e integridad territorial de Ucrania sea restauradas al amparo de los principios y mandatos de la Carta de la ONU.

Y también parece sensato que ello ocurra en un marco normativo ad hoc  conformado por la OSCE, el memorandum de Budapest de 1994 (sobre no uso de la fuerza entre una agrupación de no proliferación que incluye a Ucrania) y los acuerdos bilaterales ruso-ucranianos de reconocimiento mutuo citados por diferentes potencias y organizaciones.

A esos efectos, el diálogo que, al amparo del principio de solución pacífica de las controversias,  ha invocado el Secretario General de la ONU Ban Ki Moon debe involucrar a todos los concernidos y reclama el apoyo comunitario con el propósito de desescalar la situación de extrema tensión que se vive en el terreno.

Pero todo no es tan claro en el escenario como parece en estos documentos. En lo que respecta al orden interno, en Ucrania existen por lo menos dos gobiernos disfuncionales e ilegítimos y/o ilegales. El primero, designado por el Parlamento ucraniano con sede en Kiev luego de la fuga del Presidente Yanukóvich que no es reconocido en buena parte del país aunque éste sea reconocido por Estados Unidos. Y  el segundo, el del autoesterilizado Yanucóvich, es reconocido por Moscú.

De momento, esa situación se refleja en enfrentamiento, ingobernabilidad alarmante, duplicación de funciones y de representaciones. Como es evidente, esta situación que agrava el desorden y la confrontación interna sólo puede definirse como anárquica e incompatible con un diálogo serio. Especialmente cuando autoridades de la República Autónoma de Crimea, manipuladas o no, han designado, a su vez, a nuevas autoridades a las que se atribuye haber invitado a fuerzas armadas rusas para contribuyan a establecer el orden en ese territorio de fuerte tendencia separatista. Para empeorar las cosas, esa misma invitación es también atribuida ahora a Yanukóvich, antes de su fuga, para poner orden en toda Ucrania.

Por lo demás, al desorden político se suma la exacerbación de las minorías y mayorías que componen la compleja demografía ucraniana. Ello complica la aplicación del principio de autodeterminación (si se sometiera a referéndum general la identidad nacional ucraniana quizás no ganarían las fuerzas pro-occidentales) y debilita las bases de aplicación del principio de no intervención (en tanto ciudadanos ucranianos, enmascarados o no, habrían solicitado la intervención rusa).

Así, bajo gobierno y entidades ilegítimas y/o ilegales lo, que constituye una situación de guerra para el gobierno de Kiev es una situación de cooperación para el gobierno de Crimea (que ahora parece amparada en un desconocido tratado internacional) y viceversa. 
En este marco oscuro la gravedad de la tensión sólo ha sido caracterizada por Estados Unidos (un de “peligro claro y presente a la integridad del Estado ucraniano”)  y por el gobierno interino de Ucrania que ha denunciado la invasión rusa como un acto de guerra. La Unión Europea ha sido más ambigua al respecto.  

Entre la sucesión de conflictos regionales que han ido ha incrementándose en intensidad y en número desde que se desmembró la Unión Soviética, quizás sea éste es el que mayor riesgo sistémico conlleva.

Y no porque renueve la Guerra Fría (como algunos apresurados comentaristas sostienen creyendo que el sistema internacional se divide aún en dos polos de poder) sino porque reaviva el riesgo de guerra en la frontera europea (sólo que en escala superior a la ocurrida en las guerras balcánicas), porque pone en situación de confrontación directa a Estados Unidos y Rusia con riesgo militar visible (el despliegue de tropas ruso presenta un riesgo mayor al intento despliegue de sistemas antimisiles occidentales en Europa Central en un contexto de abierta confrontación diplomática bilateral sin los estímulos que la cooperación ofrece en terceros -como Siria, por ejemplo)   y porque lo hace en el escenario que implica lucha por el control de Eurasia que otorgaría a quien triunfe inmenso poder global y a quien pierda fuerte pérdida de status (que, en el caso ruso, se reflejaría además en una pérdida de identidad esencial).

Por lo demás, el cuadro de situación internacional ad hoc es bastante menos claro que su calificación por las potencias que han elevado su nivel de alerta. Y lo es porque hoy día no sólo no se conoce quiénes fueron los “extremistas occidentales” que empujaron el conflicto de la plaza Maidan con métodos propios de la primavera árabe (una tendencia creciente en el mundo) sino porque se desconoce las razones que llevaron al incumplimiento del acuerdo de 21 de febrero último facilitado por Polonia, Francia y Alemania suscrito con la oposición y con el gobierno ucranianos para resolver la situación inmediata.

Estos acuerdos se orientaban, en medio de la revuelta de Kiev, a una recomposición del orden interno mediante el adelanto de elecciones, la formación de un gobierno de transición y un cambio constitucional que albergara los intereses de todos los ucranianos. Quizás estos acuerdos, suscritos con el ex -presidente Yanukóvich en funciones, eran demasiado ambiciosos, llegaron demasiado tarde o su cronograma era demasiado apresurado.

Pero el hecho es que no se cumplieron sin que emergieran alternativas de sus promotores mientras se incrementaba la escalada. Y nadie sabe explicar por qué. ¿Fue Rusia la que se opuso? ¿Acaso los rebeldes que no confiaban en sus resultados? ¿O el gobierno que sólo buscaba ganar tiempo aplacando a una Unión Europea que quizás había planteado condiciones inviables para integrar más a Ucrania al tiempo que alimentaba expectativas de difícil satisfacción? A pesar de que estas preguntas no parecen tener respuesta hoy, son estos esos mismos acuerdos los que la comunidad internacional reclama.  Quizás sean éstos la única solución  viable. Pero ¿cómo se formalizarían?

Si los acuerdos fueron una extensión de las demandas europeas para fortalecer la incorporación de Ucrania a la UE antes que la integración con ella,  será difícil que Rusia los acepte nuevamente a la luz de los resultados. Y si esos acuerdos fueron una alternativa que Rusia dejó evolucionar sólo para calmar la situación en el oeste ucraniano y consolidar su vínculo con Europa hasta que comprobó que la atracción hacia la UE superaba el interés regional de Kiev, será difícil que la Unión Europea insista en ellos si el resultado agrega riesgo a la relación ucraniano-europea mientras la realidad ucraniana incrementa su dimensión pro-rusa.

Sin embargo, desde la perspectiva norteamericana quizás Rusia podría cumplir con algunas demandas (el retorno de las fuerzas rusas a sus bases podría implicar el desplazamiento de algunas a las bases en Crimea y no necesariamente a territorio ruso, la no interferencia en otras partes del territorio ucraniano podría cumplirse asegurando que la presencia rusa se confinaría a las bases marítimas vitales –Sebastopol- y el diálogo con el gobierno ucraniano sería aceptable siempre que se identifique cuál gobierno es el interlocutor-quizás uno nuevo y no necesariamente el actual que reside en Kiev- sea éste producto del compromiso o de elecciones). Pero esta alternativa a una aplicación de literal de las demandas norteamericanas reforzaría, al final del juego, la posición rusa en Ucrania.

De otro lado, la forma cómo se cumplan estas condiciones por Rusia dependerá quizás de tres variables. Primero, el punto en que el interés nacional ruso esté dispuesto a negociar (que será aquél en que no se arriesgue su influencia y vínculo con Ucrania). Segundo, el punto en que la ventaja que otorga el despliegue de la fuerza rusa llegue a su límite por presión externa. Tercero, la vulnerabilidad rusa a la presión política y económica (pero especialmente económica) internacional.

Esta última sea quizás sea el mayor estímulo porque es la variable que representa mayor debilidad para Rusia. En el caso de la presión política, porque la proyección global esa potencia no tiene margen para arriesgar pérdida de presencia en foros de prestigio e influencia (como el G8 que, además, ya no se reunirá en Sochi). Segundo, porque la economía rusa ha perdido dinámica a pasos mayores que los BRICs, la salida de capitales ha complicado seriamente la sostenibilidad del rublo (que ya se ha devaluado fuertemente) y su mercado bursátil, medido por MINCEX, ha reportado una baja de -11% (con Gazprom cayendo -14%) (WSTJ) sólo en los últimos días de la crisis.  

La demostración de fuerza rusa, basada en la defensa ya no de sus ciudadanos sino de los que le son afines étnica y culturalmente, quizás encuentre acá el estímulo más efectivo para la culminación de una experiencia imperial (pero que es bien distinta a la de una zona de influencia).

Esta distinción es fundamental para una zona del mundo menos globalizada. Si el uso de la fuerza es inaceptable como principio, lo es más  en ofensivas imperiales. Pero ese exceso quizás pudiera parecerlo  menos en defensa de una zona de influencia histórica, que no está marcada ideológicamente sino nacionalmente y que incide en una problemática remanente: la presencia de “rusos étnicos” en países que antes fueron soviéticos, como los bálticos, donde esa presencia forma parte de no menos de un cuarto de la población. A esta fenomenología, que debe atenderse, hay que también ponerle coto si algo recordamos de los Sudetes alemanes en Checoeslovaquia en los preámbulos de la Segunda Guerra Mundial.

A la par que se resuelve el problema del gobierno ucraniano (un obstáculo harto difícil si éste incluye además el de la organización del Estado, que bien podría ser una federación), es momento aclarar que un acuerdo comercial con la Unión Europea (que no sea uno de incorporación) no es antagónico con uno tan estratégico para Rusia como el suscrito  con entre esa potencia, Bielorrusa y Kazajstán. Esto es tan importante como viable de realizar (finalmente, el Perú ha suscrito un acuerdo de libre comercio con una economía como la china a la que se le ha otorgado el status de economía de mercado por conveniencia política, sin que ello ponga en riesgo el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, por ejemplo).

Esa explicación debiera  recordar a Rusia que su dimensión europea es tanto económica tanto como geopolítica. Y que concierne tanto a Ucrania como a San Petesburgo. Si Occidente requiere expandirse hacia Eurasia, Rusia requiere aproximarse a Occidente y afincarse en él. El escenario económico se presta a ese fin quizás como ningún otro.

Pero la solución no puede ser sólo diplomática  frente a una realidad militar y estratégica hoy prevaleciente. Desescalar es el término clave. Si lo que está en juego es el control de Eurasia y la identidad eurosiática de Rusia, esto no es algo que la simple integración pueda resolver. La realidad geopolítica (que algunos han preferido dar por cancelada antes de tiempo) es un escenario de fuerzas antagónicas que perdurará en el largo plazo salvo que se presente la oportunidad de convertir en convergentes intereses primarios de Rusia y Occidente.

Es más, devolver las cosas a la situación ex -ante será extremadamente difícil porque se ha hecho uso de la fuerza en un escenario de particular sensibilidad global  y porque ha incrementado la vigencia de las fuerzas del nacionalismo en momentos en que éste está en reemergencia. Gestionar la dinámica de esas fuerzas hoy no implica lograr la convergencia y ni siquiera eliminar la fricción  sino evitar niveles riesgosos de conflicto. Rusia y Occidente pueden lograr esos puntos de equilibrio.

 

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