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EDITORIAL

TRUMP O LA ANARQUÍA IGNORANTE

Alejandro Deustua
10 de mayo de 2018

El fraccionamiento del sistema internacional se acelera en estos días cuestionando intereses y valores compartidos y erosionando su pilar occidental.

Ello no se debe sólo a factores económicos. Es verdad que la tendencia destructiva de carácter sistémico ha dejado atrás los efectos de la serísima crisis económica del 2008-2009 y que hoy encuentra nuevos agujeros negros como el de la deuda global (que este año ha llegado a la cifra récord de US$ 237 millones de millones), la inmensa deuda privada en los países desarrollados y fuertes desbalances globales (que hoy debilita esfuerzos nacionales de estabilización, como el argentino tan dependiente del financiamiento internacional).

Pero si ello se refleja en una creciente volatilidad (que no se limita a los mercados de valores en tanto que afecta al sistema financiero –FMI- y compromete la percepción de muchos que anticipan una nueva crisis global), la crisis de seguridad que genera el gobierno norteamericano y sus contendores agrega desequilibrio general en intensidad no vista desde 1991.

Los contribuyentes más dramáticos a esta última situación son la pérdida de liderazgo de la primera potencia, su tendencia a la demolición de regímenes comerciales y de gobierno de amenazas globales y nucleares y el resquebrajamiento de la principal alianza militar del mundo.

En términos corrientes, el liderazgo internacional de los Estados Unidos ha oscilado entre los que prefirieron el ejemplo y los que optaron por el compromiso en el terreno. Al respecto, los “estilos” Obama y Bush, respectivamente, son dos expresiones recientes de lo expuesto. En ambos casos la activa relación con el entorno fue vital.

Hoy, sin embargo, el presidente Trump se esmera perfilar un nuevo “estilo” de presencia externa que, al margen de los requerimientos del entorno, simplemente desconoce las calidades del liderazgo y se concentra en el incremento de la capacidad de poder propio y en el intento de predominio estructural.

Ello ocurre justo cuando el poder relativo de Estados Unidos se erosiona a pesar suyo y del eslogan de “America First”, como consecuencia de la cada vez más dinámica, compleja y peligrosa nueva distribución internacional de poder.

Esta situación se refleja ya no en el tránsito de la pérdida del principal activo de la evolución del sistema bipolar al unipolar (el logro del predominio sin guerra) sino en el incremento gradual del riesgo del conflicto bélico en escala mayor una vez probadas las primeras escalas (la guerra asimétrica en Siria, Ucrania, etc.). En la mentalidad del presidente Trump la restauración del predominio norteamericano bien puede sufragar el costo de un conflicto mayor.

Con esa orientación se proyecta la reciente decisión de la Casa Blanca de denunciar unilateralmente el Plan Conjunto de Acción Comprehensiva, el tratado suscrito el 2015 entre Irán y Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido, Francia y Alemania que fue avalado por el Consejo de Seguridad y la Unión Europea.

De momento ello implica que las sanciones económicas que ese tratado atenuaba a cambio de la morigeración del programa nuclear iraní y la neutralización momentánea de su versión militar, volverán de la mano coercitiva norteamericana a pesar de que el resto de los signatarios no iraníes están dispuestos a persistir en la vigencia del acuerdo.

En ese marco, Irán puede fortalecer la relación con esas potencias (fraccionado más a Occidente) o considerar que el tratado ha perdido razón de ser y reiniciar su actividad en procura abierta del arma nuclear (lo que implicaría una nueva carrera armamentista en el Medio Oriente incluyendo la proliferación nuclear allí y en otras partes del mundo y el incremento de la conflictividad convencional y no convencional). Aun en el supuesto de que Irán tuviera un plan clandestino de armamentismo nuclear, su reacción hostil añadirá riesgo letal para Europa y el África.

Si bien el tratado en cuestión no garantizaba plenamente que Irán abandonaría su programa militar y nada le impedía el desarrollo de la misilería correspondiente, sí disponía que ese Estado no produciría el material necesario para el arma nuclear (uranio enriquecido) durante 15 años, neutralizaría la gran mayoría del instrumental desarrollador a esos efectos (una drástica reducción de las “centrifugas”) así como del material acumulado y se sometería a un proceso sistemático de verificación in situ a cargo de operadores del Organismo Internacional de Energía Atómica.

A pesar de que las sanciones reducidas se mantendrían por cinco años según el acuerdo, Irán venía cumpliendo con el mismo según los expertos del mencionado organismo.

De otro lado, si bien es cierto que la temporalidad del arreglo arrojaba serias dudas sobre lo que ocurriría luego de que éste caducara, el hecho es que el régimen presentaba una base para que esa caducidad no se verificara: sobre el actual tratado se podría construir un segundo acuerdo o intentar desde ahora un acuerdo complementario que atenuase los riesgos (como lo propuso Francia).

Ciertamente el comportamiento internacional iraní, que busca consolidar una imbatible área de influencia en el Medio Oriente de pretensiones hegemónicas y alianzas extra –regionales que han generado un nuevo balance de poder en el área, es hoy disfuncional a Occidente. Su vinculación con organizaciones terroristas que debilitan a gobiernos vecinos, su intervención formal en esos gobiernos (el Hezbollah en el Líbano), la teocracia chiita que opta por la gran confrontación antes que por la gran convivencia (aunque el caso iraquí hoy podría implicar un cambio de rumbo), su implicancia extra –regional (que llega hasta Venezuela y Bolivia y que parece haber disfrutado de los beneficios norcoreanos) implica confrontación sistemática con Israel y renovable conflictividad con parte de Occidente.

Pero ésa es una confrontación distinta a la nuclear y el régimen establecido por el acuerdo denunciado por Estados Unidos permitía alguna posibilidad de convergencia de intereses. Éste, por lo demás, podía generar -como lo hizo- externalidades adicionales (la inversión de empresas europeas no sólo es prominente en Irán sino que es capaz de crear eventuales sinergias económicas útiles para la organización de un gobierno menos hostil).

Coincidiendo con una versión catastrófica sobre la posición iraní presentada por gobierno del Primer Ministro Netanyahu (pero no por el consenso de los organismos de seguridad israelíes), Trump decidió que los atenuantes mencionados no tenían ningún valor estratégico y, en consecuencia, anunció la denuncia unilateral del tratado sin tener nada qué ofrecer a cambio salvo mayor inseguridad y eventual escalamiento.

Además de incrementar la inestabilidad del sistema internacional, con ello ha desafiado también la voluntad del resto de miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU que, salvo Alemania, forman parte del acuerdo. Ello es un claro indicador de que en asuntos de seguridad colectiva, Trump considera puede actuar al margen de las Naciones Unidas y de sus principales potencias sin más.

Si el orden comunitario le es, por tanto, indiferente sin importar las consecuencias, su vocación por la anarquía parece irrefrenable. Su retiro del acuerdo de París sobre calentamiento global, del TPP y la forma coercitiva de replantear el NAFTA o el trato con sus aliados en el seno de la OTAN dan muestra de ello.

En este frenesí de unilateralismo y, por tanto, de arbitrariedad es posible también generar cambios internos de postura o de percepción de amenazas letales. Así, hoy puede el presidente norteamericano reclasificar rápida y radicalmente la muy seria amenaza de Corea del Norte luego de unas súbitas declaraciones de neutralización nuclear provenientes de un dictador exuberante (que luego de lograr el status correspondiente anuncia que lo depondrá) y señalar que puede negociar al respecto sin adoptar las máximas precauciones y sin exigencia de transparencia básica del régimen de Kim.

Pero quizás sea el abierto conflicto con las potencias europeas en torno a la vulneración del acuerdo iraní el sello de su mayor arbitrariedad. Su desprecio por las percepciones de aliados históricos, por su menor capacidad militar y la insensibilidad ad portas de una confrontación comercial con ellas (la reimposición de sanciones norteamericanas a Irán y a quienes se asocien económicamente con ese país complicará seriamente a los europeos quizás más allá de las amenazas proteccionistas contra los Estados superavitarios) son detonadores de una relación indispensable para el mantenimiento del orden liberal en el mundo en medio de la emergencia de potencias nacionalistas y no occidentales como China y Rusia.

Tal capacidad destructora de la propia comunidad y de la identidad nacional es inédita en Estados Unidos. Si su excepcionalismo lo llevó a alguna vez a la neutralidad, una vez comprometidos con socios y aliados esa gran potencia cumplió generalmente con los términos de esa nueva asociación aunque muchas fueran las frustraciones y mucho trabajo sucio corriera bajo el puente.

Bajo Trump esa conducta ha desaparecido por arrogancia o ignorancia de una autoridad sin liderazgo o que apenas desea cumplir con muy populistas promesas electorales a pesar de la opinión contraria de sus propios asesores militares.

El sistema internacional ha ingresado a una etapa peligrosa al compás de su propia deriva pero fuertemente intensificada por un jefe de gobierno cuyas capacidades políticas, tan propensas al conflicto como norma de conducta, carecen de legitimidad externa por la sencilla razón de que el señor Trump ha incrementado la sensación de que la primera potencia parece no tener “palabra” como dice Cohen.


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